November 30, 2005

Desde el momento en que me separé, hace ya casi tres semanas, no sabía si le llamaría. Desde el mismo momento en que bajé del coche y empecé a andar camino a mi casa, ya decidía si le llamaría, tal y como habíamos quedado. ‘Te toca llamar a ti’, me dijo. Pero no, en realidad, le tocaba llamar a él.
Yo ya le había dicho cuánto sentía. Y él había jugado con esa baza para hacerme daño. Para refugiarse de su soledad, en escasos momentos, sin saber qué es lo que quería.
Creo que supe que me costaría volverle a mirar y que si nos volvíamos a ver… No sé: soy vulnerable, y he deseado que sonara el teléfono y me llamara, que volviera a aparecer en la calle donde trabajo, esperándome, en la parada del autobús, o al lado del metro.
No sé si él quizás esperaba que le llamara. Pero creo que no me tocaba a mí, porque el error lo ha cometido él. Igual yo también me equivoco manteniendo un silencio. Pero… ¿llamarlo no sería rebajarse?…
Dejo que pasen los días lentamente, con el corazón pesado a veces, manteniéndome a flote gracias a los ratos que tengo con mis compañeros, a mis salidas de fines de semana, a mis clases de baile y mis niños, los del casal. Dejo que pasen los días en el silencio y sé que algún día no pensaré: me acostumbraré a no pensar.
Sigo soñando que aparezca alguien, pero, me cuesta creer que en la vida real pueda ser así.
He empezado tarde a vivir y cuesta aceptar que esto pueden ser pasos necesarios… Pero no encuentro el sentido, no lo encuentro a veces, y me duele la sensación de perder el tiempo… Puede que sí, que sean pasos necesarios… Y no puedo evitar buscar un rostro que se irá diluyendo con el tiempo, en la calle, cuando acabo de trabajar. No puedo evitar mirar el teléfono y desear que suene y saber que es él quién llama… Porque yo he decidido no llamar, porque no debo arriesgarme a que vuelva a hacerme daño.
November 13, 2005
Expresé un deseo el 25 de julio, cuando apenas sí hacía tres o cuatro días que lo conocí por primera vez. Preguntándome si estaba ante el inicio de algo y experimentando durante agosto un inexplicable silencio. Aceptando las palabras cuando corté el silencio para saber, en septiembre, acabado ya el verano. Con la sensación de no entender y sólo aceptar unas palabras que desconciertan. Cuando me habló, en ese momento, no sabía si habría algo más. Me habló y yo hubiera dejado que pasaran los días, arrastrando una nueva frustración y siguiendo adelante, olvidándome de su existencia. Pero, por alguna extraña razón, él fue persistente, porque se puso en contacto y volvió a aparecer. Siguió apareciendo en mi vida, cada semana. En ese momento, pensaba, creía que sí era posible ser sólo amigos, algo que él me ofrecía.
Octubre se ha depositado y ha acabado llenándome de una mezcla de sentimientos que, es posible, permanezcan durante un tiempo más, aunque los guarde en lo más hondo de mi corazón, en aquél lugar adonde sólo acudiré al oir alguna canción, alguna frase o cuando vuelva a enfrentarme, de nuevo, a alguna otra oportunidad y con ella, surja el miedo a repetir, a volver al círculo, a perder el equilibrio y caer.
Intentamos ser amigos, intenté creer que podíamos sólo ser amigos, pero conocerlo más, estar y sentirme cerca de él, sentirlo sólo mío y para mí en los momentos en que nos encontramos hizo que me gustara más, que me “enamorara” o creyera estarlo. Ahora, no sé si estaba o estoy enamorada o sólo he querido creerlo. Pero no niego ni negaré que me gustó, que ahora aún me puede gustar…Sentí celos la noche que no paró de hablar de una de mis amigas, a pesar de que él me acaparó y jugaba a un doble juego, creo. No darme espacio, no acercarse a mi amiga, pese a que hubiera podido, hablarme cerca, rodearme por la cintura, en algún momento, cogerme la mano, quizás confundí gestos. Pero sentí celos, porque sabía que la chica en la que se había fijado, no era para él, ella nunca se fijaría. Sentí celos cuando días después me preguntó si yo les prepararía una cita, aunque yo ya sabía que la respuesta era que no, porque ella no estaba interesada, simplemente. Y sentí ganas de escapar. Y sólo podía pensar, aunque en realidad, ni siquiera he hecho caso a mis pensamientos. Y he hablado mucho de todas mis dudas y miedos. Y he intentando aceptar.
Y el día a día seguía. Y nuestros encuentros seguían. Encontrarmelo a la salida del trabajo, cualquier día. Cenas. Compras juntos. Saber y tener consciencia de que está solo. Saber que tú también te sientes sola a veces. Querer algo nuevo, algo de ilusión, algo diferente y que se escape de la rutina que a veces agobia. Y sentir cómo un día te coge la mano. Disfrutar de una tarde inesperada en la que él te rodea por la cintura y caminais así, durante unas horas, como una pareja, juntos, muy juntos. Y que todo derive en otro día, un beso furtivo. Y al día siguiente, en besos y más besos y algún momento apasionado en su coche, sin querer nada más, porque habeis hablado y te ha planteado dudas.
Octubre ha acabado. Y con él, de nuevo, las palabras han sido el final de una historia que sigue siendo inexplicable para mí. Hablamos. Y, de nuevo, surgieron la mismas palabras que escribí un 1 de septiembre. Volví a revivir lo mismo. Pero esta vez, sé que no hay vuelta atrás. Porque esta vez algo se ha roto y ya no volveré a caer. Esta vez, yo voy a tomar el control, aunque no sé si debería volverlo a ver, volver a ver a alguien que tiene dudas o miedo, o que no sabe lo que quiere, o que sólo juega. No sé si él querrá volverme a ver. Pero, no, no volveré a caer…
Una vez, solamente una vez,
ya lo ves,
y no fueron mis pies, que fueron mis manos
las que se enredaron una vez,
November 6, 2005
Siempre queda la palabra. Ante la ausencia de la persona a quién amó, le quedaban sus palabras. Palabras que relataban sentimientos que durante años permanecieron ocultos hasta aquél momento. Los encontró días después del entierro, cuando él las encontró al empezar a empaquetar las cosas de David.
Se olvió de todo al reconocer en aquéllas hojas, algo amarillentas la mayoría, la letra que tanto había admirado, de líneas estilizadas, sin barroquismos, seria y elegante, uniforme, como su misma persona.
Leyó y releyó uno a uno aquéllos poemas que le hicieron revivir las diferentes etapas de su vida: sentimientos apasionados, negativiades extremas y euforias ilimitadas plasmadas palabra a palabra. Retazos que reflejaban paso a paso su relación. La ilusión, el control, el miedo al rechazo, el dolor, la alegría, su enfrentamiento con ciertas partes de la sociedad que no aceptaban su relación, placer, pasión, amor, calma, lucha, dudas, las peleas, las discusiones, las cesiones, compartir, comprensión.
Sin horas, en la soledad forzosa de su dormitorio, frente a aquellas revelaciones se vio reflejado también él con esos mismos enigmas. Y en todos esos poemas veía el amor que siempre había habido entre ambos para superar cualquier dificultad, incluso las que cada uno se imponía a si mismo a veces.
No tardaron en mezclarse tantas palabras con las lágrimas. Abrazado a esas hojas, deseaba abrazar a David, el amor de su vida, su pareja durante muchos años. Deseaba sentirlo por última vez y para siempre. Aunque lo único que abrazaba eran los recuerdos que le había dejado. El último regalo que le hizo.