February 18, 2006

Imagina

Filed under: Taller de costura

Abriría los ojos, parpadeando por la intensidad de la luz de esa mañana. Y miraría su habitación con detenimiento. Sentiría bajo ella el colchón y las sábanas le cubrirían suavemente el cuerpo. Y se levantaría. Bostezaría, quizás. Y sonreiría. Por fin, se encontraría en su mundo. De nuevo, despierta, dispuesta a empezar un nuevo día.

Ducharse, vestirse, desayunar con tranquilidad: su vaso de leche, tostadas con mantequilla y mermelada… Y, luego… un fin de semana son días sin prisas. Sonaría el teléfono y hablaría con su mejor amiga. Harían planes para todo el fin de semana. Primer plan: esa misma mañana: un paseo en bici. Se iría en pocos minutos y pasearía, se reiría, hablaría, harían alguna carrera con sus amigas. Sentiría que no estaba sola, que no estaban solas.
Volvería a casa hambrienta. Una ducha rápida para quitarse el sudor. Reiría en la comida hablando con su familia: su padre, su hermano mayor, su madre, ella: uno de esos días en que todos están de buen humor. Mirarían la tele sin hacer mucho caso de las noticias; como todos, estaban hartos de noticias iguales que, aunque graves, no lograban una actitud activa. Ayudaría a su madre a recoger y fregar platos. Y entraría en su habitación para descansar. En esos momentos, siempre encendía la radio para escuchar su música favorita. Se tumbaría en su cama y cerraría los ojos. Siempre se dejaba llevar por la música.

… Seguía imaginando …

Teléfono. El chico con el que soñaba. Largos minutos hablando. Volvía a poner la radio: la música en las emisoras eran más rítmicas, la predisponían a su salida nocturna. Bailaría al ritmo de ella mientras a intervalos buscaría la ropa qué ponerse. ¿Falda? ¿Pantalón? ¿Top? ¿Blusa? Siempre le costaba decidirse. Buscando lo que le quedara bien… Siempre le hacía falta algo. Deseaba tener un top de aquél color; esa blusa no le quedaba bien; con qué se ponía esa falda. Por fin, se podnría algo que le hacía sentirse conforme. Miraría el reloj. Se maquillaría. Y justo al momento de salir sonaría el teléfono. Con el tiempo justo, se iría para salir y no volver en toda la noche.

Se sentiría guapa. En la calle le esperaría su mejor amiga e irían a buscar a otras dos. Sonreiría Se reirían cómplices de la diversión que iban a encontrar. Poco a poco, el grupo se iría reuniendo. Tomar algo, jugar unas partidas de billar o bolos en un bar. La alegría les inundaría. La tarde avanzaría hasta la noche. Cenarían en un local de comida rápida y luego se lanzarían a la noche. Algo de alcohol, poco, en un pub. Se divertirían. Y bromearían. Y coquetearían. Y, al final, llegarían a la disco. Música. Gente. Luces de colores. Beber y bailar. Bailar. Bailar. Bailar. Bailaría con el chico que le gustaba. Bailaría con el grupo. Todo la noche, hasta el amanecer, hasta que cerrarán la discoteca. Y con sus amigos, volvería a casa, paseando al lado de su chico. Pensando en las escapadas del grupo a ratos para besarse en la oscuridad de algun rincón, al recodo de alguna esquina. Sentiría sus labios. Intentaba recordar a qué sabían sus lab ios. Recordó lo que sintió la primera vez que se besaron. Sus ojos mirándose fijamente. Su mano sobre la de ella, subiendo mientras la iba besando. El corazón latiendo fuerte, el miedo y la alegría mezclados en la emoción nueva que empezaba a experimentar. La ilusión de seguir viéndolo tras aquéllos primeros besos. Una vida distinta: era lo que parecía. Algo había cambiado, tdoo lo vivía diferente porque no sólo vivía para ella, también vivía por él.

… Soñaba …

Había dormido toda la mañana. Se duchó. Sonaba el teléfono: alguno de sus amigos. Comía con su familia y hablaba, no mucho, de la noche anterior. Y, luego, de vuelta a su habitación se ponía algo cómoda y salía. Con una parte del grupo iría al cine. ¿Qué peli iban a ver? Ésta podría estar bien. No, aquélla. Yo tengo ganas de… Finalmente, se decidían por una. Y hablaron de la noche anterior. Y veían la película comiendo palomitas y bebiendo coca-cola. Roces casuales, miradas rápidas, confusiones tontas, la mano de él sobre la suya, cálida y tierna y la vista, casi siempre, fija en la pantalla. Luego salían y entraban en un local a tomar algo y hablar de la película. De su vida rutinaria y diaria. De ellos. De otros. Y volvían a casa, cada uno por su lado. Despedidas. Besos. Te llamo. Nos llamamos. Te llamaré.Cenaba y comentaba la película, feliz. Se iba a dormir, cansada. Al día siguiente ya tenía que madrugar. Se dormía con una sonrisa en los labios. Soñaba en un mundo alegre.

… Lloraba …

Las lágrimas sólo brotarían por una depresión pasajera, por un chico que no le correspondía, por una mala palabra de alguna amiga, por romper con un chico. Lágrimas que superarían la vida que tenía por delante, todo lo que tenía por vivir. Siempre podría volver a sonreír porque descubriría que no estaba sola. Que sus amigos le dedicarían una sonrisa para animarla. Y seguiría viviendo y haciendo lo mismo de siempre. La vida diaria rutinaria. Los fines de semana para disfrutar al máximo, divertirse, reír. No, los motivos para llorar nunca fueron tan tremendos…

… Seguía llorando …

Porque a ella ya no le pertenecía una vida normal. Se la habían borrado de una forma tan drástica que la veía como algo imaginado. Como ese sueño que se persigue y que parece inalzcanzable.
Su vida era triste y vacía. Ya no existían aquéllas risas. Ya no podía hacer planes. Ya no tenía ropa qué escoger. No tenía ropa qué ponerse. No tenía ropa…
Nunca volvería a despertar en su habitación. Si volviera a tener una, ya no sería la misma. No sonaría más el teléfono. No vería más a sus amigos. Se habían perdido, igual que ella. Cada uno estaría en su isla en medio de un infierno que no entendían.

… Lloraba. Lloraba. Lloraba …

Lo único que tenía era el abrazo de su madre y a ello se aferraba. Ella aún podía llorar, su madre ya tenía los ojos secos. Estaba sin familia, rota por aquella crueldad. Oía el sonido de las bombas lejanas, los lamentos de la gente que viajaban con ellas en el camión. También había dejado de oír la música. Oía las palabras de su madre intentando consolarla. El cansancio y el hambre no le habían abandonado en días, no sabía cuántos. El dolor le había abierto un agujero demasiado grande. Y no tenía nada con qué taparlo. Ni comida. Nada. Nada. Ni país, ni casa, ni familia. Su madre cantaba una canción de cuna.. Su madre la miraba horrorizada al ver los dos huecos que la observaban, con las lágrimas deslizándose por la cara, mientras se abrazaba fuertemente a quien le dio la vida…

February 15, 2006

Dafne

Filed under: Taller de costura

Escribí hace muchos años un texto parecido: este es una nueva versión, simplemente. Y cambio de idioma, el inicial era el catalán.

Dafne miró por la ventana: su vista se veía frenada por edificios, por las ventanas y balcones del resto de su vecinos. Era imposible ver más allá. Dafne se sentía prisionera y a menudo subía al terrado de su edificio para ver más allá: su vista llegaba hasta una tenue línea: el mar.
Y allí se perdía, entre el cielo, las nubes y ese horizonte azul. Su fin de semana concluía así, dejando que la oscuridad lo llenara todo. Y nunca tenía la sensación de que se fuera cuando el despertador sonaba por las mañanas, para devolverla a su rutina.
Rutina que consistía en entrar en el metro, junto al resto de la gente, una masa que llenaba cada rincón, con atosigamiento, malas caras, somnolientas, agobiados por la falta de espacio,el exceso, el calor, los sudores. Y prisas, prisas, prisas, por colarse a empujones en cada vagón, por salir de él, por salir del metro y llegar a tiempo al trabajo: sin tiempo para respirar.

Dafne mira por la ventana. Melancolía. Y ganas de derribar muros para volar y dejar libre su mirada, empañada por un halo de color gris, grasiento y maloliente que le produce hastío. Durante cinco días a la semana. Cuando llega el fin de semana, escapa siempre al campo, a la montaña, a la naturaleza que tanto ama. Y allí se llena de verdes, de distintos matices de verde y de sol, y de cielo azul sin límites, su vista se pierde y se ensancha, brilla su mirada, se aclara el color de su piel, se vuelve ligera y se llena de todo lo que puede. Y se acerca a los árboles, los acaricia y los envidia, porque ellos crecen altos y pueden ver más allá, a todo un mundo que no tiene puertas, ni ventanas, a un mundo que siempre está lleno de vida, siempre dispuesto a dar, sin protestar, y siempre procurando refugio y consuelo, alivio y reposo, paz y tranquilidad.
Y vuelve a su rutina, a la ciudad, a su casa cada vez con la mirada más apagada, mientras el tren la aleja de su vida, se inmersa de nuevo en su vacío.

Y Dafne, de nuevo en el terrado buscando lo que pierde cuando se acaba el fin de semana, ve un pájaro y envidia sus alas. Le sigue el vuelo hasta que se pierde en la lejanía, hacia donde siempre puede vislumbrar el mar. Y se va con él, lo sigue con los ojos cerrados por el cielo, sintiendo la brisa en su rostro y la fuerza que el aire da a sus alas. Mira hacia abajo, sin distinguir nada y hacia su frente, sintiendo que todo el mundo es suyo. Pasa por la ciudad, la deja atrás y vuela encima del mar: se acerca un poco y con el viento, siente en su boca, el salitre del mar, le salpican unas gotas y siente su frescor: en el fondo, parece guiñarle un pez. Se aleja del mar y se dirije a las montañas: sobrevuela sobre su majestuosidad y asciende en diagonal dibujando su silueta. Recorre pueblos, casas aisladas, se encuentra con otras aves, y finalmente, derrapa para acercarse a la falda de la montaña, en el valle y recorre un tramo, hasta llegar al bosque que va ascendiendo por la montaña. Dafne reconoce ese lugar: es el que siempre visita, allí donde ella vive realmente. Y se deposita en el árbol donde se refugia y duerme, donde piensa y sueña. Allí, entre sus ramas, Dafne se queda e instala su nido: su hogar definitivo. Dafne se convirtió en pájaro. Dafne es naturaleza.

En medio de tantas sombras

Filed under: Taller de costura

Gracias a quienes me leen y a quienes les gusta lo que escribo. Esto lo escribí en el 2000

Nada extraño hay en ese día que lo haga diferente a otros. Un hombre sale de su casa para dirigirse a su rutinario trabajo exactamente igual que cualquier otro día. Observa a derecha e izquierda antes de empezar a andar. Camina con la cabeza baja, siempre concentrado en sus pensamientos y con paso lento para evitar tropezarse con nadie. Levanta la cabeza de vez en cuando para mirar a su alrededor. No conoce las caras de la gente que va y viene, siempre con prisas como escondiéndose de cualquiera que pudiera descubrirle sus sentimientos. En medio de tantas sombras, el hombre busca, sin saber quién es, al que le sigue. Nadie se fija en él, nadie se halla parado en su misma dirección; todos caminan y se alejan y se acercan para alejarse de nuevo, sin detenerse.
Pero el hombre, volviendo a andar para dirigirse a su destino, sabe que le están siguiendo. No es que lo intuya ni que sea una persona que, por casualidad, realiza su mismo camino. Realmente está seguro de que alguien va tras sus pasos sin saber porqué. Nota los ojos clavados en su nuca, el susurro convertido en su nombre: la misma sensación desde hace semanas. Intenta no asustarse, se distrae pensando en lo que ha de hacer aquél día, que en realidad es una continuación de lo que ya hizo el anterior. Siempre son los mismos asuntos que tratar, con idénticas soluciones y respuestas que conoce de memoria y los mismos compañeros abstraídos en sus vidas, alejados de la de él, como el resto de la gente.

Por eso, a su frustración personal se une la angustia de ser seguido en silencio, pues no oye pasos que se lo indiquen. Se gira para descubrir que todo está igual, que la gente no puede ver su desesperación creciente, que vive ciega a lo que pudiera suceder a su lado. Sin embargo, le ha parecido ver una sombra y unos ojos huecos mirándole. Nadie oye su grito ahogado ni ve su estremecimiento. Le molesta la absoluta naturalidad e indiferencia de aquéllas personas extrañas.
Toma la determinación de llegar a su oficina para refugiarse y le aliva el hecho de que ésta se halle ya cerca. Pero esa falsa seguridad no le ayuda a olvidarse de que contintúan siguiéndole.
Y entonces, grita.
La gente se detiene unos segundos, mirándole como si fuera un loco. El hombre grita que le siguen. Llama al supuesto perseguidor exigiendo que se dé a conocer. Ve en la mirada de una mujer el miedo. Afirma que lo que le sucede es real. Los murmullos de lástima, desconfianza ante su actitud, del peligro que temen, dan vueltas en su mente. El hombre empieza a meterse con ellos porque le están juzgando sin que nunca hayan intentado conocerle. Y grita que le siguen, que está harto, que a nadie le preocupa una persona que está en peligro. Que lo podrían matar y no harían nada, que sólo les importa su vida y pasan de largo.
Empieza a correr. Corre sin mirar; se choca con quienes se encuentran en medio de su huida, les empuja, sigue corriendo. Sólo piensa en refugiarse en su oficina. Corre y corre y corre.

Se oye un fuerte golpe y unos frenazos bruscos mientras él se gira para ver la imagen de aquél que le ha matado: Se ve a sí mismo.

February 13, 2006

Amigas (II)

Filed under: Yo, mi me conmigo

Pueda que deba introducir una nueva categoría…

Ya comenté algo hace poco más de un mes con un año más en las arrugas de mi alma…

Imágenes como ésta puede que se repitan poco ya. Con la percepción de que éste puede que sea un año extraño, sin saber en qué acabará el camino que se inicia. N. una chica más bien reservada ha conseguido sorprender a quiénes apenas le conocemos. Decidió empezar el fin de semana poniendo fin a sus dudas respecto al chico que le gustaba y parece que de momento le ha salido bien. Dejando a G. con la sensación de que ha perdido el tiempo por querer esperar, dejar que corriera, sin intentar precipitar nada. Pero, a veces, hay que intentar salir de dudas, coger el toro por los cuernos y dedicarse a vivir.
Parece que M., una de las M del grupo, también hace poco más de un mes que tiene algo, aunque de momento, permanece oculto.
Mi realidad, en cambio, es la que hay: soltera, treintaytantos, buscando lograr que el sueño de ver una obra de teatro pueda estar en un escenario, escribiendo y planificando un futuro (espero no muy lejano) de vivir sola, con ganas de conocer gente nueva… Muchas cosas, pero paso a paso.
No, este año no haremos un viaje de vacaciones todas juntas (sólo faltaba una en la foto). Hay cosas que se hacen una vez en la vida. Y luego, puede que ya no se repitan.

Que las princesas también se cansan de mirar por la ventana, que descienden las escaleras desde lo alto de su torre y abren la puerta. Y besan al primer trobador que les sonríe o les canta o les habla.

February 1, 2006

Sombra

Filed under: Taller de costura

¿Nunca te haces preguntas?

“Una vez soñé con una sombra. La sombra de una mujer. Y ando buscándola desde siempre. Cada una que conozco, ante cada una, me pregunto si será ella. Y me duele descubrir con certeza que no.”

Siempre me duele más ver cómo él ni siquiera permite que yo descubra si es él. Desaparece de repente sin palabras. Y yo me quedo ahí, con una sensación de abandono demasiado intensa: sensación que tarda en irse. Y sigo buscando. Y ante cada hombre me pregunto si será él.

“Te miro y sé que tú no eres esa sombra. Yo no quiero hacerte daño.”

Te miro, pero yo quiero creer. Quiero buscar en ti esa sombra.
Pero tú no me dejas. Nunca me dejarás.