March 29, 2006

Una parte de Barcelona

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Me he topado con este artículo que me ha parecido quizás una mirada algo más cotidiana de Barcelona con su vida caótica, sus portadas en prensa, su estatut y su política, su corrupción… Interesante, muy interesante…

March 27, 2006

Siempre en la distancia

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Suavemente, el sol empieza a hacer su aparición apartando a un lado a la noche. La ciudad despierta lentamente ante el aviso de la llegada de un nuevo día. A esa hora temprana, pocas son las personas que se dirigen a sus trabajos, pero se intuye una creciente actividad. Una hora suele ser el intervalo que hay entre el vacío y soledad del amanecer en otoño y el bullicio de una ciudad en una jornada de trabajo. Y todos, con sus alegrías y sus preocupaciones, con las dificultades y los pequeños logros que casi no parecen importantes, se zambullen y dan vida a las calles y los edificios que los rodean.

Alguien sube la persiana de una habitación apenas amueblada y fría. Frente a ella observa la ventana del edificio que tiene delante. El suave viento mueve las cortinas, pero no las aparta para que el observador logre ver dentro. Él se aleja de la ventana y en media hora ya está fuera de su casa dispuesto a cumplir con su deber en el trabajo.

El viento maneja las blancas cortinas como si fueran un títere y les hace acariciar la cómoda que se encuentra a un lado de la ventana. El espejo refleja, por instantes, la vista de los edificios alrededor. Otras veces, asoma por su cristal la blanca pared, decorada solamente por un minúsculo cuadro, comprado a en una tienda de “todo a cien”.
El silencio dentro del dormitorio es roto sólo por los ruidos que se cuelan del exterior: vehículos ocasionales, pájaros de los pisos vecinos, voces de gente, música…

La mesita es un reflejo más de la sencillez y escasez que condicionan la estancia. Una pequeña figura, una lámpara y un bote de pastillas vacío…
Al lado, la cama, y en ella una mujer de más de 30 años. Tiene los ojos cerrados, un brazo colgando fuera de la cama, las piernas casi en posición fetal, la boca ligeramente abierta. Duerme tan profundamente que da la sensación que ya no se ha de despertar jamás…

A media mañana, en medio del frenesí de la ciudad, sorprende el grito horrorizado de una mujer. Minutos antes habían habido unos cuantos timbrazos impacientes, golpes aún más nerviosos y la decisión desesperada de usar la llave que le dejaron para casos extremos.
El descubrimiento de que el apacible sueño había dado paso a la muerte fue el detonante de aquél grito. La irrupción curiosa de algún vecino consiguió calmar los ánimos y actuar con temple a la hora de llamar a la policía. En pocos segundos, el humilde piso de aquella solitaria mujer se llenó de vecinos curiosos que comentaban aquél acto horrible de una persona que nadie se molestó en conocer o comprender.

El policía estaba algo malhumorado. No había tenido demasiado trabajo en aquella primera mitad de la mañana y no le hacía ninguna gracia enfrentarse a un posible suicidio. Era un hombre tranquilo y pese a que era su trabajo, que amaba por encima de todo, le incomodaba enormemente encontrarse con este tipo de hechos o asesinatos. En el fondo, había tenido suerte, pues casi siempre se había librado de esos casos, pero de vez en cuando se topaba con alguno.

Pronto se dio cuenta del lugar donde tenía que ir. El corazón le bombeaba rápidamente. Cuando paró el coche, se tomó unos segundos para respirar hondo y relajarse. Subió las escaleras con esfuerzo; de repente sus piernas parecían dos pesadas columnas de piedra. Llegó, por fin, a una planta llena de personas, algunas de las cuales invadían la casa. Pidió paso y que despejaran la zona. El hueco que conseguía abrir se cerraba de nuevo tras sus pasos. Llegó hasta la habitación, casi guiado por los llantos nerviosos, convulsivos de una mujer. Sintió que el corazón casi se le salía al ver el cadáver. Pero hizo caso omiso de esa sensación y procedió a llevar a cabo su trabajo.

- ¿Quién encontró el cuerpo?
Entre lágrimas, la mujer, ya mayor, contestó:
- Yo.
- ¿Vivía usted con esta persona?
Pregunta de pura rutina. Sabía de sobras que no.
- No. Soy una vecina. Vivo en la primera planta.
- Entonces, ¿cómo entró?
- Tengo una llave. Era una persona muy débil y caía a menudo enferma. Alguien tenía que cuidarla. Tuve que hacer una copia de la llave para ayudarla en esos casos. Y casi siempre le hacía la compra. Es… Era sólo una persona y no me resultaba ningún problema.
- ¿Hoy también?
- Sí, sí. Bueno, no me había dicho nada. Hoy había decidido invitarla a un desayuno en casa y vine para decírselo. No me contestó, pese a que estuve un buen rato llamando. Entonces, bajé a mi casa para coger la llave. Creía que quizás se encontraba mal y por eso no podía abrirme.

Interrumpió su intensa parrafada para irrumpir en fuertes sollozos. El policía esperó y, mientras, dijo a la gente que se marcharan a sus casas. Pero nadie obedeció; sólo hubo un ligero movimiento que no sirvió de nada.
La mujer siguió hablando:
- Luego, entré y la vi aquí. Parecía dormida. Aún lo parece. La sacudí intentando despertarla. Ni siquiera noté de inmediato que estaba fría. Luego, me di cuenta de todo. Vi el bote vacío y…
Volvió a llorar de nuevo, pero al policía ya no le hacían falta más explicaciones. Examinó la estancia y cogió el bote como prueba. Hizo algunas preguntas más a algunos de los presentes y esperó la llegada de la juez. Cuando ésta apareció, el policía le dio un resumen verbal de lo que había pasado. Se decretó el levantamiento del cadáver y él vio como desaparecía de su vista aquella mujer para llevarla al hospital donde se procedería a la autopsia.

Prácticamente su trabajo acabó allí. Sólo le quedaba redactar un informe. Y luego, continuaría con otros casos seguramente más agradables, aunque fueran aburridos. Volvió a la comisaría. Ni siquiera tendría el cometido de avisar a unos familiares para que la velaran o lloraran en su entierro, ya que al parecer no tenía. ¿Quién acompañaría su tumba y le daría el último adiós?

Las horas parecían transcurrir lentamente aquél día. Finalmente, llegó la hora de plegar. Movido por un sentimiento de compasión, se acercó a la capilla donde se había improvisado un velatorio por aquella mujer. El lugar estaba casi vacío: sólo velaban aquella anciana que descubrió su cuerpo inerte y un par de vecinas más. Triste despedida… Sólo se quedó unos minutos; no se atrevió a más. Luego, envuelto en el frío de la noche fue hacia su casa. Por el camino, compró comida ya hecha en un establecimiento. Encendió la tele para sentirse menos solo y comió a la vez que engullía las imágenes casi sin enterarse de lo que veía. Ante una película romántica que emitían, no pudo evitar unas lágrimas.

Cansado, fue a su dormitorio. Sin encender la luz, se dirigió a la ventana en un acto que se había acostumbrado a hacer cada noche. A través de la ventana, siempre veía en el piso de enfrente a una mujer bailando sola. Tenuemente, oía la música que inspiraba sus movimientos y varias veces, las cortinas se abrían ligeramente de forma que él podía verla entera, en ropa interior o con una larga camiseta por encima. Soñaría que así estaba más sexy. Pero a los ojos de cualquiera podría parecer una loca.

Para él no. La observaba sabiendo que estaba tan sola como él. Y celebraba aquellos solitarios y torpes bailes que añadían un aliciente a su vida. Era su momento de felicidad.
Pero nunca se atrevió a decirle nada cuando algún sábado la encontraba en el súper comprando. Eran dos completos desconocidos sin un motivo para acercarse mutuamente. No compartían el mismo bloque y su situación personal impedía tener la osadía de un acercamiento inicial. Ni siquiera aquellos esporádicos encuentros propiciaron un posible diálogo por cualquier tontería.

Siempre en la distancia la veía y la amaba. Porque se había enamorado de ella. Alguna vez incluso, pensó en escribirle cartas, quizá para llenarle a ella también de alguna ilusión. Lo intentó, pero cuando releía las frases escritas, pensaba que no estaban a la altura de su amada, que eran cursis y tontas. Y las arrojaba a la basura, por miedo a un rechazo. Ahora se arrepentía. Quizás una sola carta habría evitado aquél trágico final. Al fin y al cabo, él había sobrevivido gracias a aquellos bailes.
Lentamente bajó la persiana. Algunas lágrimas afloraron a sus ojos. No la cerró del todo; dejó subida aproximadamente unos cuatros dedos. Nunca más volvería a subirla.

Y volvió a ser sólo una persona que vagaba sin rumbo fijo ni compañía, en el interior de una ciudad llena de desconocidos, que se sumía en la profunda oscuridad de la noche.

March 22, 2006

¿Un paso?

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Nunca se sabe cuándo llega el primer paso para el fin de algo… No se sabe cuál será el futuro… Pero, ojalá…

Miró atras. Ya no vio nada. Frente a sí, estaba el camino. Sonreía. Se acabó el ruido y el miedo. Se acabó el acecho tras las cortinas. El paso lento y cuidadoso, mirar atrás, pero no con la calma de ese momento. Mirando atrás, vigilante, temiendo que llegara la oscuridad más absoluta, temiendo ver el vacío en la otra acera.
Respiró hondo y miró hacia delante. Recuperaba o se encontraba con una paz perdida o con una paz nunca conseguida. Los problemas eran tan cotidianos como los del resto de la gente, y la muerte… la muerte sólo llegaría esta vez al final de sus días, con lavejez, o quizás con la enfermedad (no, eso no lo quería, claro). Pero la muerte ya no le acechaba bajo el fondo de un coche o tras el cañón de una pistola.
Y el miedo y las miradas sigilosas, las condenas silenciosas, los susurros, las miradas a otro lado se habían acabado.
Se había conseguido mirar a los ojos de los demás, hablar y mostrar opiniones y puntos de vista diferentes sin que se temiera por la vida propia o por la de los familiares.
Se hablaba, se dialogaba, se discutía, pero nadie blandía sobre los demás, ya nadie blandía sobre nadie una arma intentando imponer unas ideas, una forma de pensar determinada, una esclavitud, al fin y al cabo.
Libertad. Eso era lo que sentía, frente al camino en el que se encontraba. No sabía que precisar cuándo empezó el primer paso que llegó hasta aquel punto. Pero se produjo. Y los pasos, prudentes, hicieron avanzar.
Miró hacia delante. El camino estaba ahí. Y reanudó su marcha: dio el primer paso.

March 19, 2006

En algún lugar…

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En algún lugar, hay una puerta que se cierra. Un motivo para dejar algo atrás y empezar de nuevo.
En algún lugar, alguien desde lo alto de una montaña grita al vacío para sacar la frustración que lleva dentro o el dolor.
En algún lugar, alguien sube a un tren para dejar atrás el lugar donde ha vivido siempre.
En algún lugar, se rompen paredes y se dejan los espacios abiertos.
En algún lugar, alguien se vuelve a ponerse en pie y da el primer paso.
En algún lugar, frente al mar, una mirada se dirige al horizonte.
En algún lugar, el sol se pone y en otro vuelve a surgir.

En algún lugar, respiras hondo, descansas y coges fuerzas para cuando tengas que seguir otro camino.

March 17, 2006

La mejor arma: la palabra

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Ayer leí esto en un diario gratuito que tanto proliferan hoy en día. Afortunadamente, puede servir para que este tipo de información llegue a más gente:

Armas bajo control

“Señor Director:

Hoy, millones de personas de todo el mundo viven bajo la amenaza de la violencia armada. Y con razón tienen miedo. La mayoría de las víctimas de la violencia armada no son soldados de uniforme, ni tan siquiera combatientes, sino hombres, mujeres y niños de a pie.
Desde las chabolas de Río hasta el sangriento conflicto en el Congo, el arma utilizada con mayor frecuencia para matar, mutilar, violar y aterrorizar a personas inocentes es la pistola. Pero, a diferencia de las armas de destrucción masiva, la proliferación de pistolas y demás armas convencionales no está sujeta a ningún tipo de normativa.
El derecho de los Estados a defender su integridad nacional es indiscutible. Pero los Estados tienen también la obligación de velar por que las armas que compran o que venden no sean utilizadas en la comisión de abussos de derechos humanos o el menoscabo del desarrollo.
En este año 2006, el mundo puede dar el primer paso hacia un control del comercio de armas, iniciando negociaciones hacia un Tratado Internacional sobre el Comercio de Armas.
Este tratado prohibiría toda venta de armas en los casos en que existiera un riesgo manifiesto de que éstas pudieran ser utilizadas en violaciones del derecho internacional.
No pedimos nada radical. Sería, sencillamente, una consolidación de las obligaciones que ya tienen los Estados según el derecho internacional en una normativa universal que regule la venta de armas. Pero podría salvar las vidas de cientos de miles de personas en todo el mundo. Ya son más de 52 los países que han prometido su apoyo.
Dentro de 100 días los Estados miembros de Naciones Unidas se reunirán en Nueva York en la segunda conferencia mundial sobre armas ligeras. Pedimos a todos los gobiernos que expresen en esa reunión su apoyo al control mundial de armas pequeñas.
Si lo conseguimos, las negociaciones para un Tratado Internacional sobre el Comercio de Armas podrían iniciarse este año. Si no, la venta irresponsable de armas seguirá avivando el sufrimiento y la pobreza en todo el mundo. ” (Diario Adn, 16-03-06, Cartas al director).

Firman la carta: Arzobispo Desmond Tutu, Oscar Arias, Jody Williams, The Albert Schweitzer Institute (premios nobel de la paz), Mary Robinson (Ex alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos), Teniente General Romeo Dallaire (Ex comandante de las Fuerzas de Naciones Unidas en Ruanda), Arundhati Roy (escritora y activista).

Cada uno de nosotros podemos poner nuestro granito de arena: armas bajo control.

March 14, 2006

Fácil olvidar

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Demasiado fácil olvidar. Demasiadas palabras que se dicen sin sentido. Ofenden.
Ofenden a quienes las escuchan y a quienes creemos en la justicia, en la paz, en la solidaridad y en la amistad.
No quiero pararme a pensar demasiado en la política: últimamente, hay demasiadas cosas que me ofenden, como catalana, primero, como española después.
Muchas palabras y pocos oídos dispuestos, pocas manos tendidas. Poco respeto.
Muchas palabras que callan voces. Voces que siempre deberían ser oídas.

March 13, 2006

Con la realidad a cuestas

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La realidad de todos los días… no demasiado lejos de aquí… No lo pensamos. No paramos en la noticia a pensar. No queremos imaginar que podíamos ser cualquiera de nosotros…

Vi cómo miraba: sus ojos asustados y perdidos miraban alrededor. Se encontraba en un lugar extraño, helado, rodeado de policías que hablaban en una lengua que no entendía. Temblaba protegido en una manta que no llegaba a abrigarle el alma. No es que el frío del agua del mar y de la noche le hubiera calado. Le calaba el miedo, la preocupación, la soledad, la extrañeza, su aventura.
Miró por un momento hacia el mar. Al otro lado sabía que estaba el lugar de dónde había salido, al que no quería volver si no era con suficiente dinero; estaba su familia, su mujer, sus hijos. En la pequeña barca que había naufragado, él, junto con otros compañeros, llevaba sus sueños. Creía que en ese país extranjero iba a encontrar todas las oportunidades que le faltaban en el suyo. Se había gastado todo su dinero, lo que había ahorrado a fuerza de arrastrarse trabajando, lo que habían podido conseguir amigos y familiares, para pagar aquél billete.
Las lágrimas empezaron a resbalarle por sus mejillas. Ante la alerta por la cercana presencia de la policía naval, algunos de los ocupantes se habían asustado. La tensión y el desasosiego hicieron que al final la frágil barcaza se ladeara cada vez más hasta naufragar. Vio a sus compatriotas caer al mar, cómo él. Vio a algunos hundirse. Vio a una mujer embarazada luchando por agarrarse a la barca. Él, exhausto, hambriento, aterido de frío, la cogió del brazo y la apretó junto algún madero de la barca rota. Cerró los ojos un momento. Tenía ganas de dormir. Estaba agotado. Tenía ganas de descansar. De dejarse llevar, de hundirse. Sintió los gritos de la mujer que se resbalaba: abrió los ojos y la sujetó con firmeza. Sus pies parecieron rozar algo dentro del agua: miró hacia abajo: todo estaba oscuro, pero supo que lo que tocaba era un cadáver. Luchó por no dejarse vencer, pero no estaba seguro de poder aguantar mucho.
El rescate lo había vivido casi inconscientemente. Cuando se pudo dar cuenta de la realidad, ya estaba en tierra, envuelto en aquélla manta. Todo lo demás, se empezaba a difuminar, a desvanecer en su memoria, como si hubieran pasado siglos. Mientras era conducido por los policías no sabía si a la cárcel o a algún centro para pasar la noche, mientras comía el pedazo de pan y bebía el agua que le daban pensó por un fugaz momento que igual hubiera sido mejor haber muerto. Y se sintió viejo. Viejo y vencido. Derrotado. Con los sueños rotos. Sin esperanza. Con la realidad a cuestas.

March 12, 2006

Una tarde más de domingo

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En medio de un silencio. El día después de un instante plagado de preguntas. Con mi sensación. Con ganas de empezar de nuevo, lejos, en otra parte aunque siga quedándome aquí. Sabiendo que todo cambia. Que veo las cosas diferentes o que no veo lo que veía…

Es Domingo
y hay
sol,
y los jazmines
se descuelgan aromas
por el patio.
Hay un rumor de niños
que distancia
y una música ausente que acongoja.
Mis cristales soleados
transparentan
hombres del brazo de mujeres frescas.
Voces en pámpanos y en abejas
pasan,
raudas, zumbando lejos de mi mano.
Dentro silencio y soledad,
paredes, casi piel misma de mi cuerpo
miro
mis retratos, mis libros,
pausa hueca
de este día de fiesta
en que me canso.

Tengo miedo de llamar a nadie.

Digo mi nombre por lo bajo,
y digo…
Mi nombre por lo bajo,
ojos tristes y labios de llovizna.

Jamás sentí como hoy, antes
este ansia
de tenderme a la luz, desnuda,
simple,
a transponer al nunca y que me hallen
sin haberme buscado,
ya sonrisa y todavía tibia, como un ave
que no muestra lugar de herida,
y muerta.

Muda presencia de retratos,
tarde de domingo
vacía,
mi corazón arrinconado, llora.

El cielo apoya en mis cristales,
caen
los jazmines y hay sol
mientras transcurre
silencioso
mi río
interminable

Coral y remolino (Matilde Alba Swann)

¿Por qué a veces cansan las caras conocidas? ¿Por qué te das cuenta de la soledad que une? ¿Por qué sabes que necesitas rumbos nuevos?… Puede que sea parte de una naturaleza independiente en la que siempre me niego a creer. Puede que sea parte del espíritu solitario que vive en mí. Pues eso, que en esta tarde de domingo, de nuevo en esta calle melancolía y me voy como un gato sin dueño por los tejados.

March 10, 2006

Para no olvidar

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Dos años…

Buscaré el silencio, me perderé en la nada, el recuerdo vive en mí.
No existe el tiempo, los años han transcurrido lentamente, pero son pocos, seguirán siendo pocos aunque los días se sucedan y lleguen las estaciones.
Serán pocos y aunque mi vida cambie, aunque yo tenga más edad, el recuerdo siempre será el mismo.
No importa el tiempo. No importó un día que se hizo eterno. Se perdieron las horas en un segundo. Y el vacío deja un agujero imposible de cubrir.
No importa el tiempo. No.
Ni que yo sonría. O que descubra que existe una sonrisa.
No importa. Porque estará ese momento en que me quede sola. Sola. Y el recuerdo aparezca. Y las lágrimas fluyan. Y la oscuridad se cierne sobre mí. Todo quedará en silencio: el mundo ausente, voces calladas.
Todo quedará en silencio. Será la nada que venga a recordarme el dolor. Será la nada que mantenga presente el horror. Será la nada que me devuelva de nuevo al recuerdo.

March 4, 2006

Mi sueño…

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Curioseando en la web de la Fundació Romea dónde envié un par de textos teatrales deseando que mi sueño algún día se hiciera realidad…, curioseando sin esperar de nada, he topado en su larga lista de autores teatrales con mi nombre: mis apellidos y mi nombre y el título de mis dos obras.

Sí, hay estoy yo y ahí está una parte de mis ilusiones.

Si después hay algo más que un nombre y unas palabras escritas, si algún día puede haber un escenario que ya no estará vacío, los personajes convertidos en seres de carne y hueso, los oídos escuchando las palabras y los aplausos retumbando cuando el telón se cierre…, entonces, el sueño ya no será sueño: será mi realidad.

March 1, 2006

Gafas rotas

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Gafas rotas. Gafas rotas y el labio partido. La sangre que gotea y choca contra la acera gris. Lágrimas. Lágrimas que se mezclan con los mocos, que resbalan por la mejilla y dejan un rastro salado y amargo. Y el cuerpo tiritando del recuerdo del rincón del lavabo, a la hora de la salida, con el día apagándose, las aulas vaciándose, el silencio de cada día. El dolor y el miedo.
Que los días se hicieron pesados un día indeterminado. Que no sabe decir cuándo vino el primer insulto. Que los días se sucedieron en una rutina de insultos, siempre los mismos. Siempre los mismos insultos. Siempre los mismos críos con sus palabras incomprensibles. Siempre el mismo pasillo, ellos a cada lado de la pared, coreándole a su paso con insultos. Insultos. Insultos. Insultos.
Sí recuerda la primera bofetada. La bofetada y su presión contra la pared. La saliva en sus labios, resbalando por la barbilla. Su miedo. La primera vez que tuvo miedo.
No le abandonó. No le abandonó el peso de tener que repetir el ritual y no saber si se acababa en las palabras o si habría algo nuevo.
La pesadilla se repetía. La pesadilla se repitió no sabe decir durante cuánto tiempo. Sus mañanas eran momentos de lucha para ponerse en pie, el paso lento para llegar, la imagen repetida en su mente de lo que había sucedido y volvería a suceder. La entrada del instituto se le antojaba un agujero negro. El vestíbulo y el acceso a los pasillos y a la escalera eran oscuros e inaccesibles. Estaba solo, en medio de la nada, sabiendo que atravesando la oscuridad sólo encontraría el monstruo. Solo, en medio del silencio y la ignorancia. En medio de la indiferencia y el no pasa nada, no tiene importancia.

Pero se veía empujado cada día a vivir el mismo infierno. Y escondía entre medias sonrisas, el pozo de su corazón, aquél donde cada tarde, cuando volvía a casa se ahogaba. Las paredes de su habitación era lo que le protegía Las palabras, su refugio. Y el corazón cansado. Mirando por la ventana, deseando huir, sabiendo que no se huye. Se sufre y se llora, si se puede. Se revive en medio de temblores durante la noche; se sueña con luchar, defenderse. Se busca entre la gente quién vea, quién entienda, quién ayude, quién tienda la mano y quién protega. Pero siempre llega la mañana siguiente. Siempre llega el momento de volver al instituto. Siempre llega la rutina repetida de insultos, algún golpe, alguna bofetada, la presión de su cuerpo contra la pared. El dolor y el miedo.
No vive: se mantiene cómo flotando, navegando a la deriva, dejándose llevar por el discurrir de los días. Ve una salida, pero mira siempre a otro lado. Siente que no merece nada, siente que quizás ha hecho siempre todo mal y que se merece las palabras, la ignorancia, los golpes. No vive. Ni busca salidas. No lucha. Deja que todo transcurre. No siente. Ya no siente. Ya no llora más. Ya no mira a nadie. No vio a nadie cuándo aún quería mirar.
Y, de repente, está ahí. Encima del puente. Gafas rotas en la mano. Encima del puente y casi no ve lo que hay abajo. El dolor y el miedo. El dolor es intenso: nunca se irá y lo sabe. Miedo a volver, miedo a repetir su pesadilla, como cada día.
Está en lo alto del puente y mira hacia abajo. Sus pies se balancean. Nadie a su alrededor. No llorarán por él. No se arrepentirán. Sabe que mañana todo será igual. No piensa, no espera que algún día todo cese. El final, su final, llegará pronto. No llora.
Recuerda y ve las gafas rotas en la mano. El labio partido que le escuece. El morado saliendo por debajo de las mangas de su jersey. Se balancea. No quiere más dolor. No quiere más miedo.