Un día se despertó y miró a quién dormía a su lado. El recuerdo de la noche pasada envueltos en el sexo se mezcló con la amargura de saber su corazón solo.
Con ojos vacíos, miró a su espalda, a las sombras que le acompañaban y no le habían abandonado. Sigilosamente, se acercó a la ventana, apartó la cortina y acechó los últimos minutos de la noche. Sin haberlos, sentía tras aquéllos cristales, los barrotes.
Una lágrima, una sola, se escapó y resbaló por su cara dejando un surco hiriente. Se giró y volvió a mirar el bulto, cubierto apenas por la sábana. El rictus de su boca era serio. Mantenía las manos cerradas en un puño. Se diría que estaba crispado…
Su cabeza se meneó en un leve reproche. Se reprochaba a sí mismo. Se reprochaba haber dejado pasar tantas noches, tantas semanas… Mentalmente, volvió la vista atrás. Habían transcurrido meses de su primer encuentro. Se buscaron.
No, no fue así, en realidad. Sus soledades buscaban llenar vacíos insoportables. Cada una era diferente. Él acababa de llegar a la ciudad y no tenía amigos. Quien dormía había roto una relación diferente. Querían llenar esos vacíos…
Sin preguntas, dejándose llevar, se produjo en algún momento el primer beso, las caricias bajo las ropas, la búsqueda del sexo… Una noche tras la que empezaron a seguir otras muchas. Con el disfraz de la amistad, de compartir, de las charlas y las cenas y los paseos.
Sólo era sexo. Aunque nunca se lo dijeron. Buscaban el olvido de sí mismo, de sus historias pasadas. Las noches parecieron cubrir y llenar los huecos. Sabía que nunca fueron llenados.
Miraba al que dormía. Persona extraña, de repente. No, persona extraña siempre. Dos cuerpos unidos por el miedo y la necesidad. Y nunca protestaron. Nunca se quejaron. El hastío había llegado, pero las noches seguían existiendo. Y en las noches, entrelazados, las bocas callaban el dolor.
No quiso darse cuenta de lo que ocultaba. No quiso pensar en la realidad. Se dejó llevar por las manos que recorrían su cuerpo, por la lengua que le hacia llegar al extasis. Se dejó llevar por el ansia de sentirse parte de algo, parte de alguien, sin serlo.
Y ahora miraba, en el silencio apenas roto por unos leves ronquidos. Miraba al desconocido…
Con sigilo, cogió sus ropas esparcidas por el suelo. El frenesí con que se desnudaban era un grito apagado. La saliva y las lenguas eran el aliento con el que no conseguían respirar, apenas pequeños soplos de vida.
Salió a la oscuridad y silencio del salón. Se vistió. Cogió las pocas cosas que había llevado a aquél piso que nunca deseó hacer suyo y salió.
El aire de la noche le sentó como una bofetada, en aquella madrugada fría de otoño. Aunque no sabía si el frío era real o sólo la soledad que le envolvía por completo, contenta ya de que hubiera desaparecido cualquier disimulo o artificio, de que se le decidiera abrazar y dejarse ver.

