Te contarán un día… te contarán que iba andando por la calle, que había salido a comprar… contigo de la mano. Entonces, era demasiado pronto para temer nada, para agazaparse y vivir escondidos. Aún no se había decidido imponer toques de queda, advertir a la población de los peligros. Te contarán que como cada día, en una calurosa mañana de principios de julio salí con mi hijo de la mano, para proveerme de unas cuantas cosas que necesitaba para hacer la comida.
Era un día normal. Lo que sucedía, lo que había empezado a suceder no iba con nosotros. Eramos una familia normal, tu padre había ido a trabajar, temprano y yo adelanté faena de casa después de darle el beso de despedida. Fue un beso igual al de todas las mañanas, rápido, casi furtivo, apenas un roce suave de nuestros labios, poco tiempo para el estremecimiento, repetido y poco saboreado. Lo lamento. Echo de menos su lengua en mi boca, el roce de su bigote, su saliva siempre sedienta en los momentos en que nos refugiábamos y volvíamos a ser sólo él y yo, sólo nosotros…
Se fue. Y nada me advirtió que sería la última vez que lo vería. Se fue y yo adelanté faena. Y luego, te despertaste tú obligándome a prestarte toda la atención. El trabajo que me dabas, darte el desayuno, cambiarte, vestirte, peinarte y tú que sólo querías escaparte, corretear, jugar. Y yo que me exasperaba porque imaginaba un reloj marchando a velocidad de vértigo, veía los minutos convertirse en horas en segundos y necesitaba comprar algunas cosas y hacer la comida para ti, para cuando viniera tu padre, para mí…
Y aún no había hecho ni la mitad de la faena.
Siento haberte regañado, cariño. Siento no haber dominado mis nervios. Siento no haber entendido en ese momento lo pequeño que eres y lo que necesitabas la libertad. La que te han quitado de golpe. Y tus sueños. Y el amor y los besos y la voz de tu madre. Lo siento tanto, mi amor. Siento tanto haberte dejado solo.
Conseguí por fin dejarte vestido. Me arreglé, no demasiado, no tenía tanto tiempo para mí en ese momento. Apenas sí conseguía dedicarme algo de tiempo una vez a la semana, cuando con tu padre nos íbamos a pasear o a cenar o al cine. Pero esa mañana, como el resto, habían otras cosas más urgentes. Tenía que atenderte y estar al tanto de lo que hacía falta. No, no podía perder el tiempo en tonterías como maquillarme. Asi que salimos, al sol y al calor de la calle, al escaso aire que corría, a una vida de barrio normal, que pretendía serlo, que vivía como yo y como todos ajenos a lo que apenas había empezado a suceder.
Querías escapar, correr libre y yo sólo pensaba en que no te pasara nada, en que te mantuvieras a mi lado, en que no dejaras de cogerme la mano. Que aprendieras que lo malo estaba lejos de mamá. Que tuvieras claro que lo bueno estaba siempre con ella al lado.
Tus lloros, tus palabras apenas inteligibles aún, tus preguntas, tus soliloquios llenaban el aire, junto con los encuentros y saludos de algunos vecinos. Quizás tenía que haber habido un silencio sepulcral, de esos que encogen el alma y agarrotan el corazón, que hacen temblar el pulso y te hace mirar a todos lados, andar pegados a las paredes prestando atención a los huecos de los portales, mirando recelosa a quién se cruzara en el camino. Quizás… No había nada de eso. La vida seguía su curso. Era normal.
Y no lo sentí. Lo sentí un segundo antes, unos segundos. Me vi de repente catapultada. Ni siquiera lo vi con mis ojos. Lo vi desde el alma que ya había volado al cielo. Me vi con la mano abierta, la mano que apenas unos segundos antes sujetabas con fuerza. Es extraño. Un instante antes, tú me habías mirado con una sonrisa y me habías apretado con fuerza la mano. Y, de repente, yo estaba lejos. Estoy lejos. Y te dejé solo. No corriste. No te apartaste. Ya no querías ser libre. Ya no podías serlo. Tus lloros fueron peor que la metralla que me perforaba dentro. Tus lágrimas, tu vocecita, mi hilo de vida que no conseguía hablarte con la voz dulce, ni cantar esa canción que tanto te gustaba y te hacía dormir. Me escapaba, me iba y te veía ahí tan indefenso, tan frágil, tan roto…
Siento haberte dejado solo. Siento que empieces a vivir este infierno. Siento todo el daño que te va a hacer. Lo irreparable. Siento que hayas perdido tu inocencia. Mi vida, no estás solo, y sé que sabes que te observo y te visito. Y te doy el beso de buenas noches. Pero tras mi estela, tu alma está sola y tu infancia ha desparecido.
