August 28, 2006

Mujer tenías que ser

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Una de las frases más lamentables que hay. ¿Cuál es el precio que hay que pagar por ser mujer?…
Para muchas es la esclavitud. Para muchas es el silencio. Para muchas es la muerte…
Ser mujer en muchos casos se convierte en un delito. Vivimos condenadas desde que nacemos, luchamos durante toda nuestra vida y ni siquiera en ella se nos permite quedarnos solas cuando lo deseamos… Pese a ser la fuerza de toda familia, de donde radica el origen, y por tanto de la sociedad somos las ninguneadas, las olvidadas, las maltratadas, las violadas…
Ser mujer no es fácil. Querer serlo después de haber estado sometida, querer serlo después de superar todos los obstáculos educacionales y generacionales, aún lo es menos…
Ser mujer sigue siendo una lucha contra una misma y contra el resto de la sociedad… contra todos los demás…
Solas ante el peligro siempre.
Queriendo gritar, decir NO…
Hay que decirlo: NO
y ser dueñas de nuestro destino.

Dejo aquí mi repulsa y condena por las mujeres que mueren a manos de sus maridos.

Una creía en el infierno. Creía que era el castigo que Dios imponía a los que se portaban mal, a los que se salían del camino.
Una creía en el diablo. Creía que era el encargado de conducirte a la vida eterna de penitente.
Una creía en dios. Creía que era el ser que te amparaba entre sus brazos, protegiéndote del mal, siempre que hicieras lo correcto y pidieras perdón con convicción.

Fui una joven respetuosa con sus padres, obediente frente a la autoridad familiar y las leyes. Iba a misa todos los domingos. No dejé que ningún chico me cogiera por la cintura cuando íbamos caminando. Nunca fui sola a los bailes. No permití que me besara nadie hasta que pasó unos meses de relaciones con un chico formal y serio que agradaba a mis padres. Me casé virgen. Iba a misa todos los domingos.
Nunca alcé la voz. Nuncá me quejé. Obedecía y mantenía mi casa en orden. Cocinaba y la comida siempre estaba a la hora. Tuve a mis hijos y los quise como a nadie. Los cuidaba y les daba miles de besos. Los años pasaban y sólo deseaba verlos crecer. Iba a misa todos los domingos.
Nunca… Lloraba, sí, lloraba a ratos escondidos. Lloré durante meses hasta que se me agotaron las lágrimas… o me acostumbré.
Salía a la calle acompañada por mi marido, por mi madre, por mi suegra o algún otro familiar: mis hijos no eran suficiente compañía, tan pequeños. Y yo no debía estar sola. Agachaba la cabeza. Mostraba a los demás un aspecto de mujer torpe. Y no hablaba con quién no debía: cualquier hombre que no fuera mi marido. Le debía respeto. Le debía mi sustento, mi presente y mi futuro. Le debía sobre todo, el de mis hijos. Iba a misa todos los domingos.

Creía en Dios. Pero me dio la espalda y me dijeron que, como esposa, debía acatar y callar.
Creía que el diablo era un ser tan irreal como el Señor. Tardé en darme cuenta de que me acostaba todas las noches con él y era el padre de mis hijos.
Creía que al infierno sólo iban quiénes se portaban. Creía que yo era un ser maligno que merecía ese castigo.
Fue con la última puñalada cuando me di cuenta de que había vivido en él desde que me casé.

August 25, 2006

Caminos

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Que para todo lo que queda por vivir
aún no se han hecho los caminos.
Que para todas las palabras que hay que decir
aún no se han preparado los oídos.

Me impresionó este bello parque de Amsterdam (Vondelpark), un lugar donde ciclistas y corredores comparten terreno. La foto intenta captar un momento en que pasaban muchos ciclistas a la vez.

August 22, 2006

Tejiendo historias

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Todas las tardes, a la misma hora, entraba en el mismo café. Se sentaba siempre en la misma mesa, al lado de uno de los ventanales que daba a la calle, justo enfrente de la puerta.
Mientras tomaba un café o un chocolate, se dedicaba a observar. Durante horas. Miraba a la gente que andaba por la calle: presenciaba retazos de historias. Tomaba nota de las personas que entraban por la puerta. Y merodeaba su vista por todas las mesas del local.
Se había hecho habitual. Aparecía por la puerta siempre con la sensación de llevar su soledad a cuestas. Se sentaba en la mesa que ya parecía reservada sólo para ella. Y se alejaba de sí misma y empezaba a vivir la vida de los demás. Y sin saber cómo, ni cuándo, alguien se sentaba a su mesa un rato, haciéndole compañía y escuchándola.
De cada escena que presenciaba sacaba siempre una historia detrás, un porqué. A cada persona le ponía nombre, unas experiencias determinadas, una forma de ser. Hablaba de los sueños, esperanzas, fracasos, frustraciones, logros de quién estaba en su punto de mira en cada momento.
Su voz fluía serena y segura, con algún ligero temblor de voz a ratos. Había momentos en que se quedaba en silencio y quién le escuchaba aguardaba expectante el final de aquélla historia, la interpretación. Muchas veces, lo que explicaba tenía continuación en días sucesivos. Y siempre parecía que ella, con sus palabras, tejiera el futuro, lo que aún no había sucedido, pero que acababa ocurriendo… como si su voz en realidad estuviera expresando conjuros.

August 18, 2006

Por una sonrisa

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Carlos vivía durante la semana muy acelerado. Se levantaba temprano, con el tiempo justo de ducharse, vestirse, un café rápido y salida a su trabajo diario, en una gran empresa.
La rutina se había aposentado en su vida. Atrás quedaban sus años de lucha por buscarse un futuro. Después de los estudios, de una carrera que le entusiasmaba, de trabajos ocasionales, en verano, fines de semana, temporales… por fin, llevaba dos años trabajando en aquél lugar, lleno de oportunidades, donde podría ascender y tener un mejor sueldo, más libertad pero también más responsabilidades.

Sabía que cada día le esperaba trabajo, que no tendría mucho tiempo para el ocio ni para el aburrimiento. Y que siempre podía aprender cosas nuevas: sobre sí mismo, sobre su rendimiento, sobre cómo mejorar las posibilidades. Sabía que era afortunado, que todo le había venido rodado, que aunque no le habían regalado nada, todo le había salido casi sin querer gracias a su esfuerzo y sus ganas de trabajar.
Después de un año en aquélla empresa, cuando firmó su contrato indefinido, Carlos se sintió feliz. Lo celebró con su familia y sus amigos. Y se dispuso a disfrutar de lo conseguido.
Su día era ajetreado: no comía en casa y no siempre llegaba pronto a casa. Durante el primer año y medio en aquella empresa, incluso dedicaba algún sábado o fin de semana entero a preparar o adelantar trabajo, a pulir… Cada vez se cargaba más de trabajo y apenas sí tenía tiempo para nada más. Hacía tiempo que su novia y él decidieron hacer planes de futuro en cuanto él consiguiera una estabilidad, pero llegada esta, él no bajó el ritmo. Tenía que seguir ganándose el sueldo y él quería aprender y mejorar todo lo que pudiera. Se había ganado un respeto en la empresa y le costaba encontrar el momento de parar y cambiar el ritmo para poderse dedicar a su novia, a sus amigos, a su familia.
No se dio cuenta de que algo iba cambiando en su ambiente, no se dio cuenta, hasta que fue demasiado tarde… Su novia decidió dejarlo, porque veía que era más importante su trabajo que ella y en ese momento de soledad, notó la ausencia de sus amigos, de su mejor amigo, sobre todo…
Fue entonces, cuando Sarita, su sobrina, cayó enferma… Un día se dio cuenta de las numerosas idas y venidas de los padres al hospital y a médicos… Las pruebas constantes… la mirada perdida de la niña a la que adoraba y a la que había dejado de prestar atención… El día que surgieron los resultados, que la voz del padre comentándole el diagnóstico, las lágrimas que sabía que su hermana estaba reprimiendo: se dio cuenta de lo lejos que había quedado momentos que añoraba. Los añoraba y encerraba el dolor de los recuerdos con trabajo.

Carlos, desde ese momento, aplazó y delegó tareas, para poder estar con su familia y cuando no podían los padres (tenían un bebé recién nacido), Carlos siempre aparecía por el hospital… Aparecía cada dos por tres, con regalos para la niña…

Un día, se sentó a su lado, en la cama y le empezó a contar un cuento… Cuando levantó la vista, un momento, vio a los otros niños de la misma habitación escuchándole atentamente: les sonrió: siguió contando el cuento para todos.

Desde ese día, todo cambió en la vida de Carlos.

De lunes a viernes, la vida de Carlos sigue igual de acelerada, pendiente del trabajo. Pero el fin de semana, Carlos se levanta temprano y todas las mañanas llega al hospital, para hacer reír a los niños, contarles cuentos, crearles un mundo de magia y conseguir mitigar el dolor.
Su sobrina, Sarita, consiguió recuperarse, pero otros niños seguían en el hospital. Niños que pierden su infancia a ratos, por el dolor, o por encontrarse en un lugar ajeno a su entorno. Y Carlos acude al hospital todos los fines de semana por una sonrisa.

August 17, 2006

AGONIZA

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AGONIZA

en los bosques abandonados al fuego,
en las áridas tierras que se quiebran
sin agua… el calor acelerado,
el abuso inconsciente;
por los gases sin control que respira
los pulmones negros, inundados
de un pegajoso líquido oscuro;
con una enorme costra que cubre la infección;
por la muerte como vida sin sentido,
en el hambre cotidiano,
sin ver apenas la mano que se le tiende
con miles de manos alzadas como puñales…

LA MADRE

August 14, 2006

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Lo malo de esperar, es esperar… porque uno no debería perder el tiempo esperando

August 12, 2006

¿Cómo conocer gente?

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Se suele decir a personas que están y se sienten solas, a personas con dificultades para establecer relaciones sociales, a personas tímidas que una buena forma de conocer a otras y romper hielos es realizar algún tipo de actividad. Sí, el hecho de apuntarse a algún curso, realizar algo que te guste y poder estar rodeada de quienes comparten la misma afición es un buen punto de partida, un sistema para empezar a hablar de algo.
Parece ideal para los que ya entran en los treinta, están en los cuarenta, los cincuenta y quieran al menos una amistad. Con quince años, con veinte, en apariencia, resulta más fácil entablar relaciones de cualquier tipo: en el barrio, en el colegio, en la universidad… realmente, sí, a esa edad todos y todas somos más accesibles, estamos más abiertos a todo, somos más receptivos, las ilusiones están en pleno apogeo, mostramos los sentimientos a flor de piel.
Con la edad los fracasos, las frustraciones, las obligaciones del trabajo, a veces la familia, consiguen que pongamos una coraza a nuestro alrededor. Ya no somos flexibles, exigimos mucho a toda persona nueva que se aproxime a la frontera y no damos posiblemente ni la mitad de lo que entregábamos con veinte años.

En una gran ciudad, además, la individualidad e independencia que parece potenciar la “sociedad del bienestar”: un trabajo, posibilidad de vivir solo, el hecho de que ya no esté mal visto estar sin pareja, el coche, libertad de ir dónde quieras cuándo quieras… agrava este problema.
Tú te puedes apuntar a cualquier curso, sí, pero eso no implica entablar una relación más allá. A menudo sucede que cada uno tiene ya su vida hecha o está amoldado a su independencia y soledad. Uno/una va a un curso, hace la actividad la hora u hora y media que toca y se va. Y no deja espacio ni tiempo para entablar una relación más o menos cordial con el resto del grupo. Casi parece como si existiera miedo a que personas ajenas rompan un círculo o el “equilibrio”. Sólo una relación amistosa ya resulta complicado; si se pretende hablar de algo más, la complicación se cuadriplica o se eleva al infinito.

Fracasos, relaciones rotas, miedo a repetir esquemas y errores, exigencias sin límites y sin cesiones. Y una costumbre excesiva a la independencia. No querer renunciar a la libertad total implica también que llegue la noche y duermas en una cama vacía.
No quieres ceder, de forma egoísta, porque no piensas que en una relación de dos la otra parte también pierde parte de su espacio o independencia.
Así resultan ser las relaciones hoy en día, relaciones en una gran ciudad (es lo que yo conozco) a partir de los treinta, los cuarenta…

Ante este panorama, ¿cómo establecer relaciones amistosas y amorosas con otras personas? ¿Hay pautas? ¿Hay métodos? ¿Funciona apuntarse a cursos, hacer actividades?

¿Es posible?

August 11, 2006

A mí también me gustaría…

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dejar a alguien un pedazo de mi alma… pero la escondo, me di cuenta en momentos de conversaciones ahora que surgen algunas intimidades…: es el resultado de mi pasado de animal herido.

August 10, 2006

Alma

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¿Puede ser que perdamos pedacitos de nuestra alma a lo largo de nuestra vida?… La damos entera a quién se hace presente ante nuestros ojos diciendo: ‘estoy aquí’ y cuándo aprendemos que deja ya de ser el compañero o compañera de nuestro viaje se lleva siempre un pedazo…

Aparecía siempre antes del amanecer. Caminaba con los pies descalzos, lentamente, como si llevara un peso encima que le impedía ir más ligera y más erguida. No seguía un rastro recto, y parecía que le costaba levantar cada pie detrás del otro. Llegaba hasta la orilla y allí se quedaba: mirando al horizonte mientras contemplaba la salida del sol: la llegada de un nuevo día.
Pero para ella todos los días eran iguales: una sucesión de momentos repetidos, en los que se veía envuelta: trabajo y salidas… no formaban más que un continuo bucle del que no saldría jamás. Ya era imposible que su vida cambiara de alguna forma. Ya era demasiado tarde. No se submergía en la profundidad de los ojos que aparecieran delante de sus ojos; el sonido de sus risas se le antojaban huecas; el tacto de las manos ajenas era siempre frío… Se dejaba llevar a la deriva, sensación de estar en una barquita sin que lo hubiera deseado, sólo con ganas de tumbarse y cerrar los ojos.
El sol frente a ella, se elevaba; en el horizonte siempre parecía surgir del agua. Vagamente recordaba cuando ese momento tan cotidiano le hacía sonreir y notaba cómo su cuerpo vibraba y algo en su interior parecía renovarse. Era cuando conocía la voz que le arrullaban, la piel que la envolvía; cuando no existía el miedo ni el dolor. Cuando el futuro la deslumbraba.

Hasta que su alma un día voló. Voló lejos. Ella ya no podía precisar a dónde. Pero voló. Se fue con él y sabía que nunca más iba a volver. Lo supo a pesar de las palabras que lo desmentían, de las manos que acariciaban con desesperación y sin descanso su cuerpo por última vez, de la lengua en su boca sin ganas de escapar.
La mañana que se marchó ella llegó a la playa para ver amanecer, seguir un rastro imposible y a ver cómo su alma se iba alejando segundo a segundo. Mientras el sol salía, ella se apagó. Desde entonces su vida no era más que una sombra.

Cada amanecer busca en la playa el reencuentro consigo misma.

August 1, 2006

La carta

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Ya no buscaba la carta. La había escrito hacía muchos años… sabía la fecha exacta sólo porque la plasmó. Podría haber sido cualquier otro año, otro mes, un día diferente.
A paso lento, con la cabeza baja, a última hora de la tarde cuando sólo quedaban los últimos bañistas se acercó al paseo que daba al mar. Fue buscando el lugar más apartado y más silencioso. Se sentó en el banco y miró el mar.
Se dejó mecer por las idas y venidas de las olas, resbaló la mirada por la arena que ya no brillaba y ofrecía un tono de color que le relajaba. Escuchó el mar.
Escuchaba su corazón.
Ya no leía la carta. La escribió para saber qué decirse, qué pensar, cómo virar su rumbo o cómo seguir en pie. Para todo eso una vez su mano y el bolígrafo empezaron a dejar plasmadas una palabra tras otra. Cómo se sentía. El dolor. Inenarrable, sí, las palabras quedaban huecas ante el inmenso dolor. La soledad. El vacío. El silencio. La pérdida. La falta de costumbre.
Las ausencias, una ausencia, siempre es una falta de costumbre. Y a eso se llega cuando tienes que decir adiós o te dicen adiós. Y lo único que se podía hacer ante eso y que ella hacía constantemente era dejar pasar el tiempo hasta que la costumbre de la soledad anidaba en su alma. No, en su alma no. Porque en su alma nunca se acostumbraba del todo a las despedidas.
Escribió la carta la primera vez, movida por un impulso que no supo explicar. Necesitaba hablarse a sí misma. Y necesitaba gritar, aunque no podía hacerlo. Escribir en ese impulso frenético fue la válvula de escape que necesitaba, el grito que hurgía por salir. Escribió también al hombre a quién amaba, sin ponerle el nombre, escribió a las experiencias, a lo vivido, a los sueños logrados y a la pesadilla que empezaba a cernirse sobre su noche. Al acabar la releyó. No supo qué hacer entonces con ese papel y esas letras. En algún momento, todo se desmoronó y carecieron de sentido. En su mente, se vio rompiéndola. Pero no lo hizo. La dejó abandonada, olvidada, en el suelo donde cayó mientras ella se echaba en la cama a llorar.
La encontró días después y la releyó. Pensó de nuevo en romperla. No lo hizo.
Guardó la carta. Lo hizo para poder recuperarla cada vez que volviera a sentirse igual, a vivir la misma sensación. No lo pensó entonces. Pero sí supo que la escribió para ese fin, cuando al paso del tiempo, recuperadas las ilusiones y los sueños, llena de nuevas vivencias y otras experiencias, un amor distinto, llegó una nueva despedida. En su habitación, entre nuevas sombras, releyó la carta.

Ya no buscó la carta. Sentada ante el mar, tenía presente todas sus palabras. Se susurraba frases. Había pasado varias veces por desengaños, por frustraciones, por decepciones y fracasos. Había dicho demasiadas veces adiós. Y aceptaba, ahora aceptaba, que la vida estaba llena de saludos y despedidas, que nosotros mismos también nos despedimos de la gente, que vamos y venimos y que en realidad eso es crecer.
La carta siempre le había aliviada. Como esa vez, pese a no llevársela consigo. Pese a no haberla sacado de la caja donde la guardaba.
Miraba el mar, las idas y venidas de las olas, la respiración acompasada de su corazón.