Hacía años que estaba jubilado. Y cada día, a media tarde acudía al mismo café a merendar, se sentaba junto a una de las mesas cercana a uno de los ventanales y observaba, en silencio, todo lo que acontecía en su alrededor. La rutina de una vida ociosa se había instalado en su vida y en su corazón. Y casi siempre se movía por el barrio en el que había formado su familia. Pero por las tardes se escapaba, cogía el autobús o el metro, según el ánimo y llegaba a ese café. Café que años atrás, cuando empezó a visitarlo, era un minúsculo bar que había visto ampliarse con reformas y la adquisición del local que tenía al lado. Café que se había abierto a una luminosidad y una variación de clientela, que no permitió que los clientes de toda la vida, algunos ya tan viejos como él, dejaran de ir.
Llegaba y se marchaba siempre solo. Y por el camino de vuelta a su barrio y a su casa, siempre rememoraba todo lo que había visto y oído en aquél lugar. Historias que a veces le daban sensación de que lo alejaban de un mundo que había conocido y que ya no volvería… Sí, a momentos, en su retorno, sentía el peso del pasado…
Se llama Juan- rompió una voz de mujer.
Se llamaba Juan, pensaba otra, más joven, en un tiempo más cercano.
- Juan, ¿qué le sirvo hoy? ¿Café o chocolate?
La sonrisa de Carmen siempre estaba ahí, dispuesta a llenar de luz a quién se encontrara solo. Y Juan siempre le devolvía la sonrisa a alguien demasiado familiar para él. Carmen, la camarera más veterana de aquél lugar, era una mujer afable y charlatana, risueña y con mucha energía. Ella vio entrar por primera vez a aquél hombre cuando hacía apenas unos días que trabajaba en aquél bar de mala muerte y supo que su mirada serena escondía un extraño vacío. A lo largo de los años había visto cómo su frecuencia había aumentado hasta llegar a la visita diaria. Menos los lunes, el día que cerraba el local.
- Un te, hija, que hoy no tengo estómago para mucha consistencia.
- ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?
- Unos años menos. Y que no pesen los recuerdos, a veces. Pero, no, estoy bien.
- Luego tengo un momento libre. Vendré a charlar con usted.
Carmen se había acostumbrado a las conversaciones con aquél hombre. Sencillo en apariencia, tranquilo y con una enorme inteligencia a la hora de hablar. No daba consejos: escuchaba siempre y sólo aportaba su punto de vista o, más bien, buscaba con sus palabras que la otra persona encontrara la respuesta a sus dudas y problemas. Carmen no acababa de creerse que ese hombre no se sintiera o estuviera solo, a pesar de la voz animada, de la sonrisa abierta cuando la mostraba. Algo veía en su mirada.
Pero Juan era feliz, en esencia. Lo era por lo que había conseguido. Lo era porque, aunque faltara su mujer, tenía el cariño y apoyo de sus hijos que siempre le daban sorpresas. Lo era porque siempre estaba abierto a las personas y era muy querido entre sus conocidos y amigos. Juan simplemente quería esas pocas horas de soledad, para él, y las quería sentado en ese café mientras observaba en silencio las diferentes personas que iban y venían, sabiendo quién venía por primera vez, quién de forma ocasional y quién de forma casi habitualmente como él mismo.
Tu despertador suena a las 07:00. Tardas unos cinco minutos entre que te desperezas y saltas de la cama. Cinco minutos más y la ducha parece haberte despejado un poco. Te tomas el café y una tostada o una magdalena rápidamente. Te arreglas, te miras al espejo, te das retoques en el maquillaje, te vistes con lo que ya planeaste el día anterior. Coges tu bolso, las llaves y sales disparada hacia el trabajo.
Apenas ha amanecido en la calle, en tu camino encuentras otras personas que también seguirán tu misma ruta hasta llegar al metro; algunos se quedarán en la parada de algún autobús. Alguien está de vuelta: su cara soñolienta denota su quehacer nocturno.
Entras en el andén después de superar una larga cola; un viaje más marcado en la banda magnética de tu ticket. Te sientas y esperas. Subes en el vagón y buscas un sitio con la mirada. Demasiado tarde, la gente, a pesar del aspecto cansado de la mañana se apresura para sentarse. Te acomodas como puedes en el rincón cercano a la puerta. Miras el reloj y te relajas. Llegarás bien.
A diez minutos de empezar tu jornada laboral, fichas y te vas a buscar el primer café de la mañana. Te encuentras con otros compañeros. Saludos. Comentarios del día anterior; del fin de semana; de lo que hay pendiente; cotilleos y miradas de resignación al dirigirse cada uno a su trabajo.
Hay momentos en que la mañana pasa tediosa. Hay momentos en que la faena se acumula tanto que te sientes desbordada. Por fin, llega la hora de comer. Los ruidos quejicas del estómago durante la mañana lo has conseguido atenuar con alguna escapadita a la cocina y a la máquina de pastas. Otras veces, es yogur o fruta, pero ese día te has encontrado perezosa.
Sales por la puerta y te reúnes con la compañera con quién has quedado para comer ese día fuera de casa. Eso da tiempo para hablar, contarse confidencias, y pasear por el centro comercial cercano al lugar del trabajo. Volver acompañadas resulta un gesto de apoyo ante las últimas horas que quedan antes de abandonar definitivamente esa zona y descansar.
Cuando llega el momento definitivo, te despides con una sonrisa en la boca y sales disparada. Te impacienta el ascensor: a esa hora siempre te parece lento. Te diriges al metro y tomas una dirección contraria a tu casa; has quedado con una amiga y sabes que acabaréis cenando juntas.
Finalmente, llegas a casa, extenuada y sabiéndote triunfadora al superar un nuevo día de trabajo. Te relajas, te pones ropa cómoda, ves un rato la televisión y te vas a dormir. Nada perturba tus sueños. El despertador ya está preparado para volver a sonar a las 06:30.
Tu despertador suena a las 07:00 de la mañana. La rutina parece seguir. Pero ese día al llegar a tu trabajo no te encuentras con las sonrisas de siempre. Captas la mirada seria de tu jefe que está esperando a la puerta de tu despacho. Con la cabeza, te hace el gesto de que pases al despacho.
Algo se hunde bajo tus pies, la silla sobre la que estás sentado no logra mantenerte: has perdido el equilibro. Has perdido el futuro. Y sientes que ya vas perdiendo el presente.
Ese último día resulta pesado. Las horas pasan con tedio y furia, con las palabras de quienes han sido más que compañeros casi amigos resonando falsos consuelos, falsas esperanzas. Miradas tristes, huidizas. Sonrisas forzadas. Cuesta, a veces, respirar. Cuesta aguantar las lágrimas que pugnan por salir y volcar la derrota.
Las horas se suceden en un progreso rápido. Ves pronto el final de la última, cómo avanzan los minutos, cómo van llegando los segundos. El fin.
Sales y miras a la calle, perdido, desorientado. Ya vas dejando todo atrás aunque el recuerdo y la ausencia permanecerán.
Volver a empezar. Suspiras. Y no sabes. Dudas. No crees. No sabes. No ves el futuro.
No sientes esperanza…
La historia sigue: “vives solo, buscas trabajo, cada día visitas la oficina de empleo y visitas páginas webs de búsqueda de empleo, envías curriculums, te presentas, buscas en los escaparates, en cada negocio el cartel de se busca… No te das cuenta, pero el tiempo va pasando. Cobras el paro, pero no te llegará para todo, no te llegará para mucho tiempo y la hipoteca pesa…. Decides, con dolor, dejar el piso, venderlo, deshacerte del dinero prestado… Te vas alejando de los amigos, de los conocidos, no puedes contar con la familia: tus padres se mantienen gracias a una pensión que dan a la residencia donde decidieron pasar sus últimos años… No te das cuenta, pero pasan los meses, pasa un año y el trabajo no llega; empieza a costar pagar el alquiler, tampoco tienes para mucho tiempo… buscas algo más barato: una pensión… un lugar de mala muerte, último recurso… Lo explotarás, lo sabes, y lo gastarás. Vas perdiendo la identidad…”
La identidad se pierde al final; la identidad, los recursos, el abandono y la esperanza. Un día cualquiera hay quién puede vivir una situación así y sin creerlo encontrarse viviendo en la calle, sin nada, sin trabajo, sin amigos, sin familia, sin dinero, sin esperanza: ni futuro ni presente.
Nos parece difícil llegar a esa situación, sí, nos lo parece pero eso es porque nunca llegamos a pensar cómo se pueden producir esas situaciones en la ciudad, en nuestra propia ciudad. Y si eso pasa al lado de nuestra casa, ¿es más impensable que suceda en países que no viven un ‘estado de bienestar’?
No, pienso que es algo que a todos nos puede pasar.
Y la lucha contra eso nunca es amansar dinero para uno mismo.
La lucha siempre es procurar los recursos necesarios para que uno se pueda valer por uno mismo.
Pero eso es algo que ni siquiera sucede en el “Primer Mundo”.
en el baúl de los recuerdos? Si algo te parece bonito, ¿lo deshecharías? Si alguien te da más de lo que hasta ahora has tenido, ¿no lo vas coger? ¿Importa la fecha de caducidad o sólo importa el disfrutarlo mientras dure?
Miraba con los ojos rotos por llevar en su mirada el peso de los años. El azul cielo que hace años enamoró a todas las muchachas que se cruzaban con él, aunque fuera sólo el instante de compartir un trozo de calle, había derivado en un suave tono gris. Su cara ya estaba llena de arrugas y su sonrisa seguía siendo tan abierta y franca como la del día que robó el corazón a quién luego fue su mujer.
Seguía intentando vestirse de forma elegante, siempre escogía trajes claros porque, decía, le gustaba la luz que se desprendía de ellos. Aunque cualquiera creía que la luminosidad, en realidad, emanaba de su propia figura.
Caminaba tan erguido cómo le permitían sus huesos y su ligereza de carnes, sus piernas y su espalda. Pero mantenía el porte señorial que nunca había perdido. Pese a ser de familia humilde, él siempre había caminado hacia lo alto, ‘aspirando a no sé qué’ comentaba a veces su madre al verle andar erguido, ‘que al cielo no se llega por mucho que se mire arriba, que lo que hay que hacer, señorito’, cómo le decía cariñosamente, ‘es andar con los pies en la tierra. Y el alma, ese alma, de la que hablas sólo existe para los ricos, porque ellos no tienen que ganarse el pan y pueden permitirse tener un alma.’ Todo con cariño y humor, su madre era humilde, pero sabía hablar bien, había leído mucho y todo se lo había transmitido a sus hijos, conocimientos de los que él quedó bien empapado.
Sus manos temblaban mientras agarraba el bastón que le sujetaba un poco más a la tierra. Manos largas, dedos largos, con algunas arrugas, vestidas de pellejo y manchas, tan finas cómo lo habían sido siempre. ‘Manos de mujer, con esas manos no trabajarías la tierra, no lo hubieras podido hacer’, comentaba su abuela. ‘Manos demasiado señoritas’, sentenciaba su madre. Manos que sujetaban con firmeza ese bastón, manos que habían sido poderosas.
Colmó a todos los que lo conocieron de un amor sin límite: incluso en los momentos más tristes, más duros, él aportó siempre su apoyo y su sonrisa, su amor y su entrega. Como cuando su hijo mayor tuvo el primer desengaño amoroso, ante el silencio hermético de la pena, se mantuvo simplemente a su lado, sin preguntas y sin comentarios. Acompañándole en el dolor que sabía que existía. Recordando, seguramente, alguna antigua relación, antes de su esposa. Y el hijo, que luchaba contra su crecimiento y los años con rebeldía, agradeció siempre ese gesto tan sencillo, tan comprensivo, lo que esperó siempre a partir de ese instante, lo que a veces es difícil conseguir: la compañía silenciosa.
Fue sobre el 27 de septiembre de 2005: ‘De vez en cuando se cuela una musa por mi ventana y me susurra al oído… o me chiva las historias que conoce y surge la primera frase como una voz ajena a mí y ahí parece que empieza algo… Aunque puede más mi pereza, claro, y hago oídos sordos, aunque sé que se queda ahí lo susurrado, todo lo susurrado y te sabes en un barco que quizás va a la deriva, pero va por algún camino. Y ahí estoy, navegando en un mar de palabras y el inicio de algo que quizás pueda ser algo más que un relato. Y que no se acaba aquí, por supuesto. Continuará….’ Tengo una segunda parte, a ver si a partir de ahí sigo con esta historia que está metida en mi cabeza.
una niña que escondida en una figura frágil (en apariencia), en una butaca de la sala de actos de su colegio, observaba fascinada las diapositivas que un misionero, de la orden franciscana, mostraba sobre África, los niños hambrientos, la labor… Casi no entendía nada, pero su corazón le decía que si tuviera vocación, se haría monja misionera. Pero ahí no estaba su vida y su futuro. Deseó, en algún momento, años después tener vocación de médico e irse igualmente a países pobres. Pero tampoco estaba escrito así. Sin embargo, ese extraño sentimiento siempre ha estado con ella, creciendo y buscando.
Con el paso de los años descubres que la pobreza no sólo está fuera de la ciudad donde vives. Con el paso de los años sabes que no hace falta irse muy lejos para intentar lograr que haya un futuro para quiénes están más cerca.
Cuando contacté con Art Solidari para mí iba a ser el último intento de colaborar con una asociación a nivel voluntario. Este va a ser mi tercer año y lo inicio con ilusión y con ganas. Me gusta todo lo que implica y es difícil expresar. Difícil lo que he aprendido y lo que me queda por aprender. Difícil hablar de la satisfacción que supone para mí ser un pequeño grano de arena.
Pero ahí estoy, un año más.