
No sé si ha mordido una manzana en realidad, pero una de mis amigas, la que siempre ha soñado con el príncipe azul ha terminado con su pareja.
No me alegro porque sé que lo está pasando mal. Pero la conozco y sé que su anhelo más profundo es que alguien la despierte del letargo en el que vuelve a estar sumida.
La princesa, a pesar del golpe, sigue creyendo que un día conseguirá mantenerse en pie. Es inocente e ingenua y delante de ella sólo ve un camino posible. No cree en quién ve bifurcaciones, en quienes buscan y alcanzan otros sueños. La meta es el príncipe azul y el beso robado que la devuelva al amor.
Y yo que sigo intentando buscar un camino. Yo que he logrado un pequeño anhelo: vivir la experiencia de lo que significa independizarse me siento arrastrada hacia atrás. Llevo meses en un sendero solitario y la voz que me llama en la distancia me distrae. Me ha distraído por un momento.
Pasé una etapa con el grupo de amigas y vino una nueva. Me dejó en un lugar extraño. Y ahora que poco a poco voy reconociendo el terreno, ahora que sí creo que ya voy pisando firme, a pesar de la voz seguiré mi propio camino.
La princesa, al fin y al cabo, una vez repuesta va a seguir buscando su príncipe azul. Va a seguir anhelando el beso que la despierte de su letargo.
Amigas (IV): La mordedura de la manzana
El mismo camino tan diferente
El día de mi partida, el día que decidí que ya no iba a dormir más en el refugio que era, es y será la casa de mis padres recorrí un camino que me conocía de memoria.
He cogido muchas veces el mismo autobús, el 3, la 3 como denominamos a los autobuses en Badalona, desde el barrio al que llegué con 11 años (mucha historia, muchos recuerdos, malos recuerdos, vividos allí), en la periferia y en una zona alta (cuestas imposibles a veces) hasta el centro de la ciudad. Nadie entiende que los que estamos en los barrios periféricos denominemos al centro como Badalona como si nosotros no viviéramos allí. (Si alguien te dice que va a Badalona bien seguro que va al centro.)
Sí, lo he cogido muchas veces para perderme entre los escaparates de la calle del Mar, la más comercial y que da a la estación del tren y a la playa. Lo he cogido muchas veces para ir a la playa. Este verano, por las tardes, decidía dar una caminata desde la “montaña” hasta el mar. A medida que desciendes, siempre me parecía que todo se ensanchaba, cambiaba el paisaje y, al final del todo, estaba el mar.
Os aseguro que siempre que hablo del mar en alguna historia: del mar que hablo es el de esta ciudad. De su paseo, más tranquilos que otros, de las callejuelas que lo rodean que te aislan del bullicio y te crean la sensación de estar en cualquier pueblecito costero.
Hace poco más de una semana, un lunes, volví a coger el mismo bus de siempre. Lo hice con sensación de cambio, de un camino inesperado. Lo hice con nervios. No sólo me enfrentaba a la independencia: también iba a convivir con dos desconocidos.
Y sí, es un nuevo camino, algo distinto que espero que me ayude a recuperar ciertas cosas, a buscarme mis momentos sin que nadie me cuestione, me pregunte. En los últimos meses, he perdido el equilibro que había conseguido a principios del año pasado, el que me permitió retomar durante un corto espacio de tiempo mis ansias de escribir. Las perdí y me metí en una vorágine de aconticimientos, sentimientos, vivencias inesperadas, entre amigas, alguien nuevo (el ex-amante), y la familia que han bloqueado por completo el deseo.
Pero la escritora sigue ahí, latiendo, y lucha por volver a salir.
Sólo hace unos días que mi propio hermano me aconsejó volver a escribir. Y vuelvo poco a poco.
Al mudarme, dejé mis libretas, mis hojas. Pero ya están conmigo. Y sé que en poco tiempo, las paredes de esta habitación quedarán marcadas por las historias y los personajes.
La compañía silenciosa (IV)
Aquél era su otro mundo, ajeno a lo que había vivido y a las huellas, nada ver con su matrimonio, su viudedad, sus hijos. Estaba seguro que sus hijos cuando iban a verle o se lo llevaban algún fin de semana, ‘ya me vais a raptar otra vez’, decía con guasa sospechaban algo. Una vez, a su regreso, encontró a sus dos hijos esperando en la entrada. Su hija tenía aún visible las marcas de las lágrimas. Recibió una bronca. No se enfadó. Pero si les dejó claro que tenía derecho a momentos de soledad. El conflicto lo resolvieron con un móvil que él apenas sabía usar y al que no prestaba atención. Cuando se vio ante semejante regalo les hizo prometer que no lo usaría, salvo causa de fuerza mayor, en las pocas horas por la tarde que él ocupaba en el café.
Sí, lo sospechaban, claro. Aunque no sabría adivinar si en algún momento le habían seguido y habían encontrado su refugio, su otro hogar.
Cada vez que entraba por la puerta, buscaba la mirada de Carmen que allí donde estuviera siempre estaba pendiente de la hora de llegada de Juan y de acogerle con calidez aunque sólo fuera en un principio con los ojos.
Llegaba, se acomodaba en su asiento reservado y disfrutaba observando a los demás visitantes. Descubría enseguida las caras conocidas. Descubría enseguida a Julia, la muchacha enamorada que parecía querer comerse con los ojos y la boca aquél chico. Las manos entrelazados, los cuerpos volcados hacia delante; respiraban uno el aliento del otro. Se ensoñaba ante la visión del pasado, de los primeros meses al lado de su difunta esposa; recordaba y notaba la pasión que le recorría en aquél momento, cómo se dolía de tener que aguantarse, esconder sus sentimientos más profundos, el deseo, las ganas de sexo… En su época la actitud de aquéllos dos chavales hubiera sido seriamente castigada. Y, sin embargo, el cuerpo seguía teniendo la misma reacción.
Suspiró. Carmen apareció ante él, sonriente.
- ¿Ya le vinieron recuerdos? Mire que no es bueno dejarse invadir por ellos.
- Qué quieres, hija. Uno, a veces, añora ciertas cosas, jejeje.- Le sonrió; hacia ya tiempo que decidió denominarla “hija”, sin temores. Aunque a momentos, denominarla así se le hacía extraño.
- ¿Hoy me tomará un chocolatito? Hace bastante frío.
- Gracias. ¿Cómo están tus hijos? ¿Cómo les va en el colegio? ¿Todo va bien?
- Hoy tiene usted ganas de hablar y de que le cuente. A ver si me escapo un momentito y vengo: hoy no es un día fuerte.
Algunas tardes, durante la semana y en los días en que había menos faena, Carmen se sentaba con Juan y hablaban. Carmen le hablaba de ella, de su vida, de sus hijos, del marido… en contadas ocasiones hacía referencia al pasado, doloroso en parte. Juan la escuchaba y le ofrecía su opinión, la apoyaba cuando ella expresaba interés en algo, no quería sólo trabajar y cuidar de los hijos, sentía la necesidad de hacer algo más y Juan siempre la animaba a no desperdiciar toda su vida sólo en el trabajo y la familia.
‘Es importante que os cuidéis el uno al otro’, decía, ‘pero no debes descuidarte. Tus hijos un día volarán y harán su vida: no dejes de pensar en la tuya aunque pienses que ahora ellos te necesitan más. También te necesitas a ti misma. Nunca le corté las alas a mi mujer: ella eligió hacer de su vocación una afición, pero no siempre debería ser así. O quizás nunca debería ser así. Yo siempre he querido y procurado lo mejor para ella. Y para mis hijos’. Apoyó la mano en la de Carmen haciéndole saber sin palabras que la incluía dentro de esa denominación: ‘mis hijos’.
Carmen solía dar un dulce beso en la mejilla o en la frente a aquél hombre en las ocasiones en que le confiaba aspectos de su vida, pensamientos que apenas comentaba con nadie o que guardaba para sí.
Sin pretenderlo, aquél hombre se había hecho un hueco en el corazón de la mujer, que había crecido sin padre y a la que ya le faltaba la madre. Cuando Juan entró por primera vez en ese local, su madre hacía pocos meses que había muerto. El aspecto y la sonrisa de aquél hombre tras servirla le reconfortó. Darse cuenta de que se convertía en un cliente asiduo y reconocer la bondad en él la animó y le ayudó a seguir adelante y, al menos, en los momentos en que él aparecía dibujar una sonrisa en su rostro cansado.
Juan no quería oír hablar de ese aspecto: no se sentía salvador ni quería ser considerado una persona buena. Cuando Carmen lo exultaba, acudía a sus ojos grises unas lágrimas. Mantenía entonces la boca hermética, el semblante caído mientras luchaba por contener el llanto. Ponía cualquier excusa o iba al lavabo aduciendo a su edad y el poco aguante. Escapaba de esos elogios. ‘No, no soy tan bueno’, se repetía. ‘No lo soy’. Era de esos días, esas noches en que ante su habitación solitaria lloraba de nuevo. La soledad le golpeaba fuertemente y un reproche le susurraba durante toda la noche.
Desde otra ventana
es por donde miro un nuevo paisaje, ya no veo ni tejados ni patios interiores ni ventanas, veo una plaza, el inicio de las calles, el despertar lento de un domingo en otro lugar.
Dicen que los inicios nunca son fáciles y éste no lo es. Me encuentro en un lugar que aún considero extraño, intentando poco a poco recuperar la vida que hacía hace apenas unos tres días cuando aún estaba en casa de mis padres.
Lo intento, pese a que carezco de la absoluta comodidad, de espacios llenos y de protección.
Ser independiente no es fácil. No lo es cuando decidiste (no recuerdo bien cuándo, ni el porqué fue esta la decisión) que querías irte de casa y que la mejor forma era compartiendo piso.
Por regla general, mucha gente abandona el “nido” con amigos o con una pareja si la hay. Pero cuando careces de ambas posibilidades, te queda lo que a mucha gente (hay demanda, bastante demanda): compartir con personas extrañas.
Te tienes que acoplar y se tienen que acoplar. Y para un alma tímida como yo resulta difícil.
El día que me encaminé, por fin, a lo que había decidido que podía ser la primera toma de contacto con mi independencia hubiera dado lo que fuera por dar marcha atrás. Pero fui avanzando un paso tras otro sabiendo que no iba a permitirme a mí misma abandonar.
He hablado de este asunto con gente cercana y todos, todos, me animaban y me apoyaban. Hay quién me considera valiente por irme de casa, por convivir con desconocidos…: seguramente, porque él mismo no tiene ese valor, no quiere, le da miedo… Sí, lo he visto más de una vez en sus ojos, le he oído formular un “quiero y no puedo” unas cuantas veces, he visto la envidia en sus silencios, el “a mí también me gustaría”…Tampoco se lo reprocho, no puedo aunque debería, pero esto es demasiado personal y este post lo he escrito por necesidad. Lo he escrito sin disponer de Internet en casa pero pensando en el mismo instante en que vuelva a conectarme en él desde este nuevo lugar: ¿llegaré a sentirlo hogar algún día?
1-02-07 Dia de la independencia

O eso me parece después de haber ya dado el importe del primer mes para la habitación-piso donde me voy a instalar en breve: en cuanto inicie la mudanza, básicamente, en cuanto instale una cama para dormir.
Resulta emocionante y me llevará a una experiencia nueva. A descubrimientos. Al descubrimiento de mí misma. Al descubrimiento de eso que se llama convivencia.
Espero poder convertir un lugar ahora extraño en un hogar. En mi refugio, como lo ha sido durante años la habitación donde he vivido en casa de mis padres. Y en la fuente de creación de cosas nuevas.
Allí me llevaré todas las historias que guardo en mi cabeza y en mis papeles. Me seguirán todos mis personajes. Y espero surjan nuevos. Espero poder ir avanzando. Conseguirme metas sin grandes ambiciones. Sentirme de nuevo escritora. Y sentirme dueña de mi propia vida.
Demasiados sueños.
Pero son bonitos.
Y son míos.
