Tras los cristales, mirando el horizonte, esperando que cualquier inesperado día aparezca el príncipe azul en un caballo blanco dispuesta a rescatarla de las barreras que ella misma se ha impuesto. De la soledad y del vacío. Y nadie mirará hacia sus ojos perdidos, nadie la escucha ya, nadie sabe comprender… Ella es igualmente incapaz de comprender el peso de su intransigencia y su egoísmo, de su vanidad y su exigencia, el peso que deja en los demás, la soga que pone alrededor del cuello… Sólo espera ese príncipe… No hay más metas, no hay otro camino. El único dolor capaz de sentir es de la añoranza del cuerpo que no se abraza, de los labios que no se unen, de las manos que no rozan. Ese dolor es el único y verdadero: no saberse amada por ningún hombre. No dormir y despertar junto a un cuerpo caliente. No suspirar por el alma gemela. Lo demás no importa. Lo demás se puede perder. La vida se puede quedar atrás, siempre que oiga en la lejanía los cascos del caballo blanco que transporta su vida misma.
Ahí estará, como las princesas de los cuentos de hadas, anhelando el final feliz, el para siempre, la eternidad…
Ahí se queda, tras los cristales, sin darse cuenta de nada en realidad, sin darle importancia.
Ahí estará
Principios con final. Finales con principio.

Hay cosas que se acaban.
Y otras que empezarán…
La cabra montesa que me guía por la escarpada montaña por la que intento subir, se ha parado un momento, algo herida después de una nueva caída. Ahora, ya recuperada, sólo intenta buscar el aliento que la siga impulsando.
En el vaivén de la vida ves cómo los dedos de algunas personas se alejan del amparo de tu mano, te dejan el alma con una cicatriz que aunque se vaya haciendo pequeña nunca desaparece. Pasan a ser fantasmas.
Nunca pretendí que alguien durara para siempre (aunque mi alma anhela encontrar otra que me haga creer que puede ser). Sabía que no iba a ser así. Pero duele pasar de amante-amiga al olvido más absoluto.
Solté el lastre.
Y el paisaje recorrido me lleva a una época y unas vivencias durante unos cuatro años que no olvidaré. No olvidaré sonrisas ni risas, ni agobios ni desánimos, ni las voces de los niños, ni las reuniones compartiendo un interés común: hacer con el arte que la vida diaria y la futura de unos chavales pueda llegar a ser mejor: la esperanza y la ilusión. He aprendido a amar un barrio que desconocía y al que sometía a prejuicios como la mayoría. He aprendido a mirar con otros ojos otras razas, otras culturas… Me hubiera gustado poder indagar un poco más porque hasta cierto punto todo sigue siendo un misterio para mí.
Pero me llevo cosas buenas, muy buenas.
Se acabó mi etapa en Art Solidari.
Y miro hacia lo que tengo delante… Un cambio inesperado en el trabajo que no sé que me reportará. Y volver a estudiar, acabar mi carrera. Y escribir, escribir, escribir… ese sueño que siempre está al que me he abandonado poco últimamente.
Quizá decida también acabar con esto… o volver más adelante… El mundo gira más allá de este mundo virtual…
