February 18, 2007

La compañía silenciosa (IV)

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Aquél era su otro mundo, ajeno a lo que había vivido y a las huellas, nada ver con su matrimonio, su viudedad, sus hijos. Estaba seguro que sus hijos cuando iban a verle o se lo llevaban algún fin de semana, ‘ya me vais a raptar otra vez’, decía con guasa sospechaban algo. Una vez, a su regreso, encontró a sus dos hijos esperando en la entrada. Su hija tenía aún visible las marcas de las lágrimas. Recibió una bronca. No se enfadó. Pero si les dejó claro que tenía derecho a momentos de soledad. El conflicto lo resolvieron con un móvil que él apenas sabía usar y al que no prestaba atención. Cuando se vio ante semejante regalo les hizo prometer que no lo usaría, salvo causa de fuerza mayor, en las pocas horas por la tarde que él ocupaba en el café.
Sí, lo sospechaban, claro. Aunque no sabría adivinar si en algún momento le habían seguido y habían encontrado su refugio, su otro hogar.
Cada vez que entraba por la puerta, buscaba la mirada de Carmen que allí donde estuviera siempre estaba pendiente de la hora de llegada de Juan y de acogerle con calidez aunque sólo fuera en un principio con los ojos.
Llegaba, se acomodaba en su asiento reservado y disfrutaba observando a los demás visitantes. Descubría enseguida las caras conocidas. Descubría enseguida a Julia, la muchacha enamorada que parecía querer comerse con los ojos y la boca aquél chico. Las manos entrelazados, los cuerpos volcados hacia delante; respiraban uno el aliento del otro. Se ensoñaba ante la visión del pasado, de los primeros meses al lado de su difunta esposa; recordaba y notaba la pasión que le recorría en aquél momento, cómo se dolía de tener que aguantarse, esconder sus sentimientos más profundos, el deseo, las ganas de sexo… En su época la actitud de aquéllos dos chavales hubiera sido seriamente castigada. Y, sin embargo, el cuerpo seguía teniendo la misma reacción.
Suspiró. Carmen apareció ante él, sonriente.
- ¿Ya le vinieron recuerdos? Mire que no es bueno dejarse invadir por ellos.
- Qué quieres, hija. Uno, a veces, añora ciertas cosas, jejeje.- Le sonrió; hacia ya tiempo que decidió denominarla “hija”, sin temores. Aunque a momentos, denominarla así se le hacía extraño.
- ¿Hoy me tomará un chocolatito? Hace bastante frío.
- Gracias. ¿Cómo están tus hijos? ¿Cómo les va en el colegio? ¿Todo va bien?
- Hoy tiene usted ganas de hablar y de que le cuente. A ver si me escapo un momentito y vengo: hoy no es un día fuerte.

Algunas tardes, durante la semana y en los días en que había menos faena, Carmen se sentaba con Juan y hablaban. Carmen le hablaba de ella, de su vida, de sus hijos, del marido… en contadas ocasiones hacía referencia al pasado, doloroso en parte. Juan la escuchaba y le ofrecía su opinión, la apoyaba cuando ella expresaba interés en algo, no quería sólo trabajar y cuidar de los hijos, sentía la necesidad de hacer algo más y Juan siempre la animaba a no desperdiciar toda su vida sólo en el trabajo y la familia.
‘Es importante que os cuidéis el uno al otro’, decía, ‘pero no debes descuidarte. Tus hijos un día volarán y harán su vida: no dejes de pensar en la tuya aunque pienses que ahora ellos te necesitan más. También te necesitas a ti misma. Nunca le corté las alas a mi mujer: ella eligió hacer de su vocación una afición, pero no siempre debería ser así. O quizás nunca debería ser así. Yo siempre he querido y procurado lo mejor para ella. Y para mis hijos’. Apoyó la mano en la de Carmen haciéndole saber sin palabras que la incluía dentro de esa denominación: ‘mis hijos’.
Carmen solía dar un dulce beso en la mejilla o en la frente a aquél hombre en las ocasiones en que le confiaba aspectos de su vida, pensamientos que apenas comentaba con nadie o que guardaba para sí.
Sin pretenderlo, aquél hombre se había hecho un hueco en el corazón de la mujer, que había crecido sin padre y a la que ya le faltaba la madre. Cuando Juan entró por primera vez en ese local, su madre hacía pocos meses que había muerto. El aspecto y la sonrisa de aquél hombre tras servirla le reconfortó. Darse cuenta de que se convertía en un cliente asiduo y reconocer la bondad en él la animó y le ayudó a seguir adelante y, al menos, en los momentos en que él aparecía dibujar una sonrisa en su rostro cansado.
Juan no quería oír hablar de ese aspecto: no se sentía salvador ni quería ser considerado una persona buena. Cuando Carmen lo exultaba, acudía a sus ojos grises unas lágrimas. Mantenía entonces la boca hermética, el semblante caído mientras luchaba por contener el llanto. Ponía cualquier excusa o iba al lavabo aduciendo a su edad y el poco aguante. Escapaba de esos elogios. ‘No, no soy tan bueno’, se repetía. ‘No lo soy’. Era de esos días, esas noches en que ante su habitación solitaria lloraba de nuevo. La soledad le golpeaba fuertemente y un reproche le susurraba durante toda la noche.

January 3, 2007

La compañía silenciosa (III)

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Había personas a las que prestaba mayor atención. Algún gesto, algún rasgo de su rostro o cuerpo, la forma de vestir, de mirar, de reír solía ser algo distintivo frente a la mayoría. Siempre admiró los dedos finos y alargados de Anselmo, contraste con su figura menuda, que aparecía siempre una vez a la semana, para tomar cualquier cosa. Disimulaba siempre, pues lo que pretendía era pasar unos minutos charlando con Juan, una vez se habituó a su presencia y la supo frecuente. Anselmo siempre tenía algo que decir, acudían a su mente recuerdos pasados… en alguna ocasión parecía estar describiendo novelas; fue espíritu viajero, añoraba lo vivido. Supo un día en que se escapó de sus labios que pudo haber sido pianista. Se le escapó porque retuvo en seguida las palabras, enmudeció y observó a su alrededor, lo que rara vez hacía.
Juan le miraba y le intrigaba ese aspecto desconocido. Sabía, sin embargo, que tampoco debía forzar las palabras y quizá algún día… ‘Puede que no’, se decía, ‘aún duele’.
Carmen era siempre el hilo que unía a los dos viejos, con su sonrisa y su voz cantarina conseguía evaporar los tristes recuerdos de uno y dejar en el fondo del ánimo del otro la picadura de la curiosidad.
A Julia también la vio desde el primer día. Podía tardar más de una vez en descubrir a alguien, seguirle en su camino, imaginar, pero a ella fue de las pocas a las que vio al instante. Mirada brillante, sonrisa abierta y franca, tímida en ocasiones, gesticulaba cuando hablaba pero no de una forma agresiva, sino conciliadora, amable, parecía siempre invitar a compartir su presencia. Claro que a Julia la descubrió enamorada, ese primer día, y todos sus rasgos positivos estaban acentuados al infinito. La adoptó en seguida; la hizo nieta suya. Y no sólo la observaba a ella: escudriñaba también al chico que la acompañaba para desenmascararlo antes que ella, anticiparse a sus pretensiones, investigar si era bueno o malo: no iba a permitir que hicieran daño a aquella chica tan sencilla. La creía parte de una especie diferente, alguien difícil de apreciar, invisible pero presente. El paso de los días, las semanas le confirmó esa primera impresión.

November 7, 2006

Al llegar el día

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Con los ojos cerrados, intentaba recordar dónde estaba. Notó un olor ajeno al suyo y oyó una respiración. Sentía la tibieza de los primeros rayos que se escapaban por las rendijas de las persianas y el calor del cuerpo que dormía a su lado. Abrió despacio los ojos, sin moverse, para verlo allí, junto a ella.
El cuerpo deseado, desnudo bajo las sábanas. Su rostro, pegado al suyo. Su mano en su torso, rodeándola. Sintió deseos de besar esa boca que se ofrecía apetecible y apacible ante sus ojos. Y sonrió. Sonrío triste.
Se dio la vuelta y se levantó de la cama, con cuidado. Desnuda, sus pies notaron el frío suelo y anduvieron con un leve sonido sobre las baldosas. Ante la puerta, antes de ir hacia el lavabo, vio el dibujo de su cuerpo bajo aquéllas sábanas.
En el lavabo intentaba recapacitar en lo que había pasado. Intentaba escaparse de la desesperación que comenzaba a embargarle e intentaba retener los recuerdos de pasión de la noche de sexo vivida junto al hombre que siempre había permanecido ajeno a sus sentimientos.
Sintió el calor recorriéndole el cuerpo. Quería volver a revivir esa noche. Quería en ese momento y querría después. Querría durante un tiempo imposible de definir.
Volvió, aterida de frío, a la habitación y a refugiarse bajo las sábanas que conservaban la calidez, a buscar el cuerpo caliente que la amparó y la empezó a llenar de besos, de miradas furtivas, de manos que empezaban a tocar cada parte de su cuerpo, de la lengua que recorría su boca y bajó por su cuello, parándose en sus pechos. La boca y la lengua, juguetonas, con sus pezones, sus dientes mordiendo, la lengua lamiendo, la boca mamando y ella retorciéndose en un extásis de placer, tiritando del placer infinito sintiendo húmeda su vagina.
Ella agarrando el pene, jugando con él, llevándolo a su boca, disfrutando de su sabor y su tacto, lamiéndolo y besándolo dulce. Sintiéndose única en un juego, sin contemplar la cara extasiada de él que gemía de placer.
Y el abrazo, el fuerte abrazo, las piernas de ella intentando rodear la amplia espalda de él. Sus brazos y sus manos recorriendo la espalda, buscando el culo, sintiendo su pene dentro de ella, los movimientos, jugar al mismo movimiento, jugar a distintos y a diferentes velocidades. A quedarse un rato, jadeando y pegados, sintiéndose unidos. Y volviendo al juego, al empuje y al movimiento de nuevo.
Hasta llegar al final. Hasta recogerse en su pecho y sentir las dulces caricias de él. Y sentir su olor y su cuerpo, su respiración. Saber, orgullosa, que durante esa noche había sido suya. Sólo suya.
Entonces, sonó el teléfono. Y él la miró con infinita tristeza. Volvieron a la realidad. Se miraron y el la besó dulce y largamente y la abrazó y la estrechó contra si con más fuerza. El teléfono seguía llamando. Y él se levantó con desgana a contestar.
Ella se quedó allí, tumbada en la cama, con la sensación de olvido y de fracaso, de abandono y de tristeza. Se quedó allí, mientras todo le daba vueltas. Las dudas y las mentiras. Lo logrado y lo perdido en un mismo momento. Su decisión de vivir esa noche junto a un imposible. Las sonrisas y las palabras.
No quiso que pasara más el tiempo sin poder disfrutar de ese cuerpo, sin que su cuerpo gozara con el del otro.
Pero la mañana había llegado. El teléfono había sonado. Y ella dejó que mientras oía las palabras lejanas hablando, las lágrimas fueran brotando sin poderlas contener.
Vislumbró la imagen de él de pie ante la puerta, borrosa, y tuvo miedo de perderla para siempre. Él se le acercó y la abrazó.

November 3, 2006

Pronuncio una palabra

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Lo creé hace unos seis años


Pronuncio una palabra
y me miras,
silencioso,
y te asomas
a lo desconocido.

Escuchas el sonido de mi voz
- los ecos de la tuya -,
te transportas
al mundo que crees mío
para, al fin, descubrirlo
en tu interior.

Tu mirada vaga por mí, despacio,
mi música te sigue,
te imaginas
en una forma nueva
que permanecerá
tras un punto.

Cuando el silencio llega,
no te alejas
- ni tu pluma,
ni tus ojos -:
ya nos pertenecemos

October 27, 2006

La compañía silenciosa (II)

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Hacía años que estaba jubilado. Y cada día, a media tarde acudía al mismo café a merendar, se sentaba junto a una de las mesas cercana a uno de los ventanales y observaba, en silencio, todo lo que acontecía en su alrededor. La rutina de una vida ociosa se había instalado en su vida y en su corazón. Y casi siempre se movía por el barrio en el que había formado su familia. Pero por las tardes se escapaba, cogía el autobús o el metro, según el ánimo y llegaba a ese café. Café que años atrás, cuando empezó a visitarlo, era un minúsculo bar que había visto ampliarse con reformas y la adquisición del local que tenía al lado. Café que se había abierto a una luminosidad y una variación de clientela, que no permitió que los clientes de toda la vida, algunos ya tan viejos como él, dejaran de ir.
Llegaba y se marchaba siempre solo. Y por el camino de vuelta a su barrio y a su casa, siempre rememoraba todo lo que había visto y oído en aquél lugar. Historias que a veces le daban sensación de que lo alejaban de un mundo que había conocido y que ya no volvería… Sí, a momentos, en su retorno, sentía el peso del pasado…

Se llama Juan- rompió una voz de mujer.

Se llamaba Juan, pensaba otra, más joven, en un tiempo más cercano.

- Juan, ¿qué le sirvo hoy? ¿Café o chocolate?

La sonrisa de Carmen siempre estaba ahí, dispuesta a llenar de luz a quién se encontrara solo. Y Juan siempre le devolvía la sonrisa a alguien demasiado familiar para él. Carmen, la camarera más veterana de aquél lugar, era una mujer afable y charlatana, risueña y con mucha energía. Ella vio entrar por primera vez a aquél hombre cuando hacía apenas unos días que trabajaba en aquél bar de mala muerte y supo que su mirada serena escondía un extraño vacío. A lo largo de los años había visto cómo su frecuencia había aumentado hasta llegar a la visita diaria. Menos los lunes, el día que cerraba el local.

- Un te, hija, que hoy no tengo estómago para mucha consistencia.
- ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?
- Unos años menos. Y que no pesen los recuerdos, a veces. Pero, no, estoy bien.
- Luego tengo un momento libre. Vendré a charlar con usted.

Carmen se había acostumbrado a las conversaciones con aquél hombre. Sencillo en apariencia, tranquilo y con una enorme inteligencia a la hora de hablar. No daba consejos: escuchaba siempre y sólo aportaba su punto de vista o, más bien, buscaba con sus palabras que la otra persona encontrara la respuesta a sus dudas y problemas. Carmen no acababa de creerse que ese hombre no se sintiera o estuviera solo, a pesar de la voz animada, de la sonrisa abierta cuando la mostraba. Algo veía en su mirada.
Pero Juan era feliz, en esencia. Lo era por lo que había conseguido. Lo era porque, aunque faltara su mujer, tenía el cariño y apoyo de sus hijos que siempre le daban sorpresas. Lo era porque siempre estaba abierto a las personas y era muy querido entre sus conocidos y amigos. Juan simplemente quería esas pocas horas de soledad, para él, y las quería sentado en ese café mientras observaba en silencio las diferentes personas que iban y venían, sabiendo quién venía por primera vez, quién de forma ocasional y quién de forma casi habitualmente como él mismo.

Y escuchaba. Simplemente escuchaba.

October 9, 2006

La compañía silenciosa (I)

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Miraba con los ojos rotos por llevar en su mirada el peso de los años. El azul cielo que hace años enamoró a todas las muchachas que se cruzaban con él, aunque fuera sólo el instante de compartir un trozo de calle, había derivado en un suave tono gris. Su cara ya estaba llena de arrugas y su sonrisa seguía siendo tan abierta y franca como la del día que robó el corazón a quién luego fue su mujer.
Seguía intentando vestirse de forma elegante, siempre escogía trajes claros porque, decía, le gustaba la luz que se desprendía de ellos. Aunque cualquiera creía que la luminosidad, en realidad, emanaba de su propia figura.
Caminaba tan erguido cómo le permitían sus huesos y su ligereza de carnes, sus piernas y su espalda. Pero mantenía el porte señorial que nunca había perdido. Pese a ser de familia humilde, él siempre había caminado hacia lo alto, ‘aspirando a no sé qué’ comentaba a veces su madre al verle andar erguido, ‘que al cielo no se llega por mucho que se mire arriba, que lo que hay que hacer, señorito’, cómo le decía cariñosamente, ‘es andar con los pies en la tierra. Y el alma, ese alma, de la que hablas sólo existe para los ricos, porque ellos no tienen que ganarse el pan y pueden permitirse tener un alma.’ Todo con cariño y humor, su madre era humilde, pero sabía hablar bien, había leído mucho y todo se lo había transmitido a sus hijos, conocimientos de los que él quedó bien empapado.
Sus manos temblaban mientras agarraba el bastón que le sujetaba un poco más a la tierra. Manos largas, dedos largos, con algunas arrugas, vestidas de pellejo y manchas, tan finas cómo lo habían sido siempre. ‘Manos de mujer, con esas manos no trabajarías la tierra, no lo hubieras podido hacer’, comentaba su abuela. ‘Manos demasiado señoritas’, sentenciaba su madre. Manos que sujetaban con firmeza ese bastón, manos que habían sido poderosas.

Colmó a todos los que lo conocieron de un amor sin límite: incluso en los momentos más tristes, más duros, él aportó siempre su apoyo y su sonrisa, su amor y su entrega. Como cuando su hijo mayor tuvo el primer desengaño amoroso, ante el silencio hermético de la pena, se mantuvo simplemente a su lado, sin preguntas y sin comentarios. Acompañándole en el dolor que sabía que existía. Recordando, seguramente, alguna antigua relación, antes de su esposa. Y el hijo, que luchaba contra su crecimiento y los años con rebeldía, agradeció siempre ese gesto tan sencillo, tan comprensivo, lo que esperó siempre a partir de ese instante, lo que a veces es difícil conseguir: la compañía silenciosa.

Fue sobre el 27 de septiembre de 2005: ‘De vez en cuando se cuela una musa por mi ventana y me susurra al oído… o me chiva las historias que conoce y surge la primera frase como una voz ajena a mí y ahí parece que empieza algo… Aunque puede más mi pereza, claro, y hago oídos sordos, aunque sé que se queda ahí lo susurrado, todo lo susurrado y te sabes en un barco que quizás va a la deriva, pero va por algún camino. Y ahí estoy, navegando en un mar de palabras y el inicio de algo que quizás pueda ser algo más que un relato. Y que no se acaba aquí, por supuesto. Continuará….’ Tengo una segunda parte, a ver si a partir de ahí sigo con esta historia que está metida en mi cabeza.

September 29, 2006

Si me dices que espere

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Si me dices que espere,
esperaré
Si necesitas tiempo, un espacio
lo tendrás
Si tu paso es lento,
te seguiré
Si quieres hablar,
te escucharé
Si necesitas silencios
me callaré

Pero quiero encontrarte
quiero saber que estás
que aún en la distancia
estás,
estoy.

Y que al final,
sentiré
y tus besos, tu cuerpo, tu alma
estará presente

September 15, 2006

Para levantar sonrisas…

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Para levantar sonrisas no hace falta demasiado esfuerzo. Sólo tienes que encontrarte frente a frente con un niño. Son esos seres diminutos capaces de sacar lo mejor de uno. Capaces de sacar lo que escondes a los demás. Sólo la carita de mi sobrino, sólo sus ojitos a través de la ventana de la habitación donde volvería a dormirse es capaz de recordarme la ternura que guardo dentro. Sólo los niños a los que volveré a ver la semana que viene, de nuevo aportando algo a un mundo más solidario, abierto, tolerante, acogedor, fusión de todo lo que somos en este planeta… sólo esos locos bajitos son quienes consiguen que el alma se asome a través de una sonrisa.

Había días en que M. cogía el metro con más sueño y pocas ganas y días en que el ánimo parecía poseerla. Aquella mañana era una de esas en que sentía que le habían faltado horas para seguir durmiendo. La noche anterior se quedó hasta tarde viendo una de sus películas favoritas y le había costado levantarse y aún no conseguía dominar todos sus sentidos.
Se sentía zombie entrando en el vagón y buscando un asiento. El bolso se le hacía excesivamente pesado y no le apetecía leer el libro que mantenía en sus manos. Sabía que las letras bailarían delante de sus ojos sin centrarse y no le permitirían entender ni una palabra.
Se sentó sin ganas de distraerse, intentando no cerrar los ojos y deseando que el día no le fuera demasiado pesado. Sólo pensaba en la primera taza de café que se tomaría al llegar a su trabajo.

Notó de repente una mirada sobre ella. Antes, aunque lo reconoció después, una risa traviesa le había advertido. Echó un vistazo, ligeramente, y sí, él la estaba mirando. Debió haber cerrado los ojos en algún momento o haría algún gesto que delatara su estado somnoliento. O quizás él mostraba una curiosidad innata. Pero la miraba.
Lo curioso es que el hecho de que ella levantara un poco la cabeza, le mirara y volviera a agacharla levantó algunas risas más en él. Volvió a mirarle: no le quitaba ojo de encima; M. volvió a agachar la cabeza: nuevas risas.
Entonces, ella le miró y sonrió. Y en ese momento, la sonrisa que desde enfrente suyo recibió fue la más limpia, sincera y bella de las que nunca había encontrado.
Fue entonces cuando él jugó a no mirarle y ella le buscaba. Se encontraban y reían. Poco a poco, fueron ganando confianza. Él decidió que quería que M. fuera su compañera de juegos allí, dentro de ese espacio tan reducido. Hubo un momento en que bostezaron a la vez y se rieron. Él le hizo partícipe de sus tesoros; le dio uno: jugaron a que ella lo hacía desaparecer y él se sorprendía. Luego, la maga M. volvía a hacerlo aparecer. Él intentaba explicarle la historia de ese objeto…

Llegaba a su parada. M. se despidió y él le lanzó un beso con su manita y le dijo adiós. Mientras se acababa de ir el metro, el niño le seguía diciendo adiós. Tardó unas horas en acordarse del café y olvidar su sonrisa.

September 5, 2006

El dibujo

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A punto de empezar cosas nuevas… Algo nuevo que siempre es una continuación, pero con nuevas ilusiones. Y, a punto, muy a punto de que empiece una nueva vida: mi primer sobrino.

El niño abrió el cajón y sacó el dibujo. Miró al viejo interrogándolo y mostrándoselo a la vez.

Esto es muy antiguo. Tiene muchos años.

El niño miraba atentamente lo que estaba dibujado mientras tocaba el papel, incrédulo. Todo permanecía como si hubiera sido acabado de hacer. El papel estaba blanco, blanquísimo, no había perdido color, no estaba amarillo, ni arrugado, ni roto, ni comido por los bichos a los que tanto gustaba el papel. Y los trazos negros se mantenían brillantes, resaltando sobre la superficie. Pasó sus dedos una y otra vez, repasando las negras líneas. El viejo lo miraba con cierta ternura.

No han pasado los años, no. Sigue como si acabara de hacerse. Quedátelo. Es tuyo. Te lo regalo.

El niño miró la sonrisa arrugada del viejo. Volvió a mirar el dibujo, esta vez con una expresión algo ceñuda.

No me gusta. Es muy feo.

El viejo cogió una caja de madera de un estante y la abrió ante el niño, encima de la mesa algo llena de polvo, apartando unos cuantos trastos.

Seguramente, el niño que lo dibujó era tan pobre que no tenía colores. Puedes pintarlo. Será más bonito.

Y el niño miraba admirado la caja inmensa llena de muchos colores, tantos que no sabía el nombre de algunos, y miraba a la vez al viejo. Le sonrió, por primera vez, desde que entró en aquél pequeño y oscuro lugar, en aquél sitio que parecía esconder miles de secretos y tesoros entre tantos trastos. Se sentó, cogió un color y empezó a pintar…

Cuando acabó, miró a su alrededor. Absorto cómo estaba, concentrado en no salirse de la raya, en marcar bien los diferentes colores, pensando siempre cuál sería el siguiente color a elegir, tardando en decidirse, el tiempo había pasado volando y no había sido consciente de dónde se encontraba ni con quién. Miró alrededor intentando descubrir al viejo. Finalmente, lo vio, en un sillón ya muy gastado, tras una luz tenue de una oxidada lámpara mirando a la pared y feliz. Lo vio feliz. Entonces, el anciano abriendo aún más su sonrisa le miró.

¿Ya has acabado? ¿Puedo verlo?

El niño asintió con la cabeza. Mientras esperaba a que se acercara el hombre, se notaba nervioso. Tenía miedo de que al viejo no le gustara, de que se enfadara por haber usado demasiados colores, que se riera. Pero el viejo lo mantuvo entre sus manos y lo miraba muy concentrado.

Es precioso. Ahora sí que es un dibujo bonito. Es lo que le hacía falta. Quedátelo.

El niño negó con la cabeza. Abrió el cajón de donde lo había sacado sin vida.

Aquí estará bien. Se mantendrá para siempre.

El viejo le acarició la cabeza cariñosamente. Sabía que el niño tenía razón. Allí, los colores se mantendrían intactos. Allí se mezclarían. Allí llenarían y seguirían llenando de vida lo que antes sólo habían sido unos tristes trazos negros en fondo blanco, un vacío sin fondo, una monotonía eterna…

August 22, 2006

Tejiendo historias

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Todas las tardes, a la misma hora, entraba en el mismo café. Se sentaba siempre en la misma mesa, al lado de uno de los ventanales que daba a la calle, justo enfrente de la puerta.
Mientras tomaba un café o un chocolate, se dedicaba a observar. Durante horas. Miraba a la gente que andaba por la calle: presenciaba retazos de historias. Tomaba nota de las personas que entraban por la puerta. Y merodeaba su vista por todas las mesas del local.
Se había hecho habitual. Aparecía por la puerta siempre con la sensación de llevar su soledad a cuestas. Se sentaba en la mesa que ya parecía reservada sólo para ella. Y se alejaba de sí misma y empezaba a vivir la vida de los demás. Y sin saber cómo, ni cuándo, alguien se sentaba a su mesa un rato, haciéndole compañía y escuchándola.
De cada escena que presenciaba sacaba siempre una historia detrás, un porqué. A cada persona le ponía nombre, unas experiencias determinadas, una forma de ser. Hablaba de los sueños, esperanzas, fracasos, frustraciones, logros de quién estaba en su punto de mira en cada momento.
Su voz fluía serena y segura, con algún ligero temblor de voz a ratos. Había momentos en que se quedaba en silencio y quién le escuchaba aguardaba expectante el final de aquélla historia, la interpretación. Muchas veces, lo que explicaba tenía continuación en días sucesivos. Y siempre parecía que ella, con sus palabras, tejiera el futuro, lo que aún no había sucedido, pero que acababa ocurriendo… como si su voz en realidad estuviera expresando conjuros.

August 18, 2006

Por una sonrisa

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Carlos vivía durante la semana muy acelerado. Se levantaba temprano, con el tiempo justo de ducharse, vestirse, un café rápido y salida a su trabajo diario, en una gran empresa.
La rutina se había aposentado en su vida. Atrás quedaban sus años de lucha por buscarse un futuro. Después de los estudios, de una carrera que le entusiasmaba, de trabajos ocasionales, en verano, fines de semana, temporales… por fin, llevaba dos años trabajando en aquél lugar, lleno de oportunidades, donde podría ascender y tener un mejor sueldo, más libertad pero también más responsabilidades.

Sabía que cada día le esperaba trabajo, que no tendría mucho tiempo para el ocio ni para el aburrimiento. Y que siempre podía aprender cosas nuevas: sobre sí mismo, sobre su rendimiento, sobre cómo mejorar las posibilidades. Sabía que era afortunado, que todo le había venido rodado, que aunque no le habían regalado nada, todo le había salido casi sin querer gracias a su esfuerzo y sus ganas de trabajar.
Después de un año en aquélla empresa, cuando firmó su contrato indefinido, Carlos se sintió feliz. Lo celebró con su familia y sus amigos. Y se dispuso a disfrutar de lo conseguido.
Su día era ajetreado: no comía en casa y no siempre llegaba pronto a casa. Durante el primer año y medio en aquella empresa, incluso dedicaba algún sábado o fin de semana entero a preparar o adelantar trabajo, a pulir… Cada vez se cargaba más de trabajo y apenas sí tenía tiempo para nada más. Hacía tiempo que su novia y él decidieron hacer planes de futuro en cuanto él consiguiera una estabilidad, pero llegada esta, él no bajó el ritmo. Tenía que seguir ganándose el sueldo y él quería aprender y mejorar todo lo que pudiera. Se había ganado un respeto en la empresa y le costaba encontrar el momento de parar y cambiar el ritmo para poderse dedicar a su novia, a sus amigos, a su familia.
No se dio cuenta de que algo iba cambiando en su ambiente, no se dio cuenta, hasta que fue demasiado tarde… Su novia decidió dejarlo, porque veía que era más importante su trabajo que ella y en ese momento de soledad, notó la ausencia de sus amigos, de su mejor amigo, sobre todo…
Fue entonces, cuando Sarita, su sobrina, cayó enferma… Un día se dio cuenta de las numerosas idas y venidas de los padres al hospital y a médicos… Las pruebas constantes… la mirada perdida de la niña a la que adoraba y a la que había dejado de prestar atención… El día que surgieron los resultados, que la voz del padre comentándole el diagnóstico, las lágrimas que sabía que su hermana estaba reprimiendo: se dio cuenta de lo lejos que había quedado momentos que añoraba. Los añoraba y encerraba el dolor de los recuerdos con trabajo.

Carlos, desde ese momento, aplazó y delegó tareas, para poder estar con su familia y cuando no podían los padres (tenían un bebé recién nacido), Carlos siempre aparecía por el hospital… Aparecía cada dos por tres, con regalos para la niña…

Un día, se sentó a su lado, en la cama y le empezó a contar un cuento… Cuando levantó la vista, un momento, vio a los otros niños de la misma habitación escuchándole atentamente: les sonrió: siguió contando el cuento para todos.

Desde ese día, todo cambió en la vida de Carlos.

De lunes a viernes, la vida de Carlos sigue igual de acelerada, pendiente del trabajo. Pero el fin de semana, Carlos se levanta temprano y todas las mañanas llega al hospital, para hacer reír a los niños, contarles cuentos, crearles un mundo de magia y conseguir mitigar el dolor.
Su sobrina, Sarita, consiguió recuperarse, pero otros niños seguían en el hospital. Niños que pierden su infancia a ratos, por el dolor, o por encontrarse en un lugar ajeno a su entorno. Y Carlos acude al hospital todos los fines de semana por una sonrisa.

August 17, 2006

AGONIZA

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AGONIZA

en los bosques abandonados al fuego,
en las áridas tierras que se quiebran
sin agua… el calor acelerado,
el abuso inconsciente;
por los gases sin control que respira
los pulmones negros, inundados
de un pegajoso líquido oscuro;
con una enorme costra que cubre la infección;
por la muerte como vida sin sentido,
en el hambre cotidiano,
sin ver apenas la mano que se le tiende
con miles de manos alzadas como puñales…

LA MADRE

August 10, 2006

Alma

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¿Puede ser que perdamos pedacitos de nuestra alma a lo largo de nuestra vida?… La damos entera a quién se hace presente ante nuestros ojos diciendo: ‘estoy aquí’ y cuándo aprendemos que deja ya de ser el compañero o compañera de nuestro viaje se lleva siempre un pedazo…

Aparecía siempre antes del amanecer. Caminaba con los pies descalzos, lentamente, como si llevara un peso encima que le impedía ir más ligera y más erguida. No seguía un rastro recto, y parecía que le costaba levantar cada pie detrás del otro. Llegaba hasta la orilla y allí se quedaba: mirando al horizonte mientras contemplaba la salida del sol: la llegada de un nuevo día.
Pero para ella todos los días eran iguales: una sucesión de momentos repetidos, en los que se veía envuelta: trabajo y salidas… no formaban más que un continuo bucle del que no saldría jamás. Ya era imposible que su vida cambiara de alguna forma. Ya era demasiado tarde. No se submergía en la profundidad de los ojos que aparecieran delante de sus ojos; el sonido de sus risas se le antojaban huecas; el tacto de las manos ajenas era siempre frío… Se dejaba llevar a la deriva, sensación de estar en una barquita sin que lo hubiera deseado, sólo con ganas de tumbarse y cerrar los ojos.
El sol frente a ella, se elevaba; en el horizonte siempre parecía surgir del agua. Vagamente recordaba cuando ese momento tan cotidiano le hacía sonreir y notaba cómo su cuerpo vibraba y algo en su interior parecía renovarse. Era cuando conocía la voz que le arrullaban, la piel que la envolvía; cuando no existía el miedo ni el dolor. Cuando el futuro la deslumbraba.

Hasta que su alma un día voló. Voló lejos. Ella ya no podía precisar a dónde. Pero voló. Se fue con él y sabía que nunca más iba a volver. Lo supo a pesar de las palabras que lo desmentían, de las manos que acariciaban con desesperación y sin descanso su cuerpo por última vez, de la lengua en su boca sin ganas de escapar.
La mañana que se marchó ella llegó a la playa para ver amanecer, seguir un rastro imposible y a ver cómo su alma se iba alejando segundo a segundo. Mientras el sol salía, ella se apagó. Desde entonces su vida no era más que una sombra.

Cada amanecer busca en la playa el reencuentro consigo misma.

August 1, 2006

La carta

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Ya no buscaba la carta. La había escrito hacía muchos años… sabía la fecha exacta sólo porque la plasmó. Podría haber sido cualquier otro año, otro mes, un día diferente.
A paso lento, con la cabeza baja, a última hora de la tarde cuando sólo quedaban los últimos bañistas se acercó al paseo que daba al mar. Fue buscando el lugar más apartado y más silencioso. Se sentó en el banco y miró el mar.
Se dejó mecer por las idas y venidas de las olas, resbaló la mirada por la arena que ya no brillaba y ofrecía un tono de color que le relajaba. Escuchó el mar.
Escuchaba su corazón.
Ya no leía la carta. La escribió para saber qué decirse, qué pensar, cómo virar su rumbo o cómo seguir en pie. Para todo eso una vez su mano y el bolígrafo empezaron a dejar plasmadas una palabra tras otra. Cómo se sentía. El dolor. Inenarrable, sí, las palabras quedaban huecas ante el inmenso dolor. La soledad. El vacío. El silencio. La pérdida. La falta de costumbre.
Las ausencias, una ausencia, siempre es una falta de costumbre. Y a eso se llega cuando tienes que decir adiós o te dicen adiós. Y lo único que se podía hacer ante eso y que ella hacía constantemente era dejar pasar el tiempo hasta que la costumbre de la soledad anidaba en su alma. No, en su alma no. Porque en su alma nunca se acostumbraba del todo a las despedidas.
Escribió la carta la primera vez, movida por un impulso que no supo explicar. Necesitaba hablarse a sí misma. Y necesitaba gritar, aunque no podía hacerlo. Escribir en ese impulso frenético fue la válvula de escape que necesitaba, el grito que hurgía por salir. Escribió también al hombre a quién amaba, sin ponerle el nombre, escribió a las experiencias, a lo vivido, a los sueños logrados y a la pesadilla que empezaba a cernirse sobre su noche. Al acabar la releyó. No supo qué hacer entonces con ese papel y esas letras. En algún momento, todo se desmoronó y carecieron de sentido. En su mente, se vio rompiéndola. Pero no lo hizo. La dejó abandonada, olvidada, en el suelo donde cayó mientras ella se echaba en la cama a llorar.
La encontró días después y la releyó. Pensó de nuevo en romperla. No lo hizo.
Guardó la carta. Lo hizo para poder recuperarla cada vez que volviera a sentirse igual, a vivir la misma sensación. No lo pensó entonces. Pero sí supo que la escribió para ese fin, cuando al paso del tiempo, recuperadas las ilusiones y los sueños, llena de nuevas vivencias y otras experiencias, un amor distinto, llegó una nueva despedida. En su habitación, entre nuevas sombras, releyó la carta.

Ya no buscó la carta. Sentada ante el mar, tenía presente todas sus palabras. Se susurraba frases. Había pasado varias veces por desengaños, por frustraciones, por decepciones y fracasos. Había dicho demasiadas veces adiós. Y aceptaba, ahora aceptaba, que la vida estaba llena de saludos y despedidas, que nosotros mismos también nos despedimos de la gente, que vamos y venimos y que en realidad eso es crecer.
La carta siempre le había aliviada. Como esa vez, pese a no llevársela consigo. Pese a no haberla sacado de la caja donde la guardaba.
Miraba el mar, las idas y venidas de las olas, la respiración acompasada de su corazón.

July 17, 2006

Te contarán un día

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Te contarán un día… te contarán que iba andando por la calle, que había salido a comprar… contigo de la mano. Entonces, era demasiado pronto para temer nada, para agazaparse y vivir escondidos. Aún no se había decidido imponer toques de queda, advertir a la población de los peligros. Te contarán que como cada día, en una calurosa mañana de principios de julio salí con mi hijo de la mano, para proveerme de unas cuantas cosas que necesitaba para hacer la comida.
Era un día normal. Lo que sucedía, lo que había empezado a suceder no iba con nosotros. Eramos una familia normal, tu padre había ido a trabajar, temprano y yo adelanté faena de casa después de darle el beso de despedida. Fue un beso igual al de todas las mañanas, rápido, casi furtivo, apenas un roce suave de nuestros labios, poco tiempo para el estremecimiento, repetido y poco saboreado. Lo lamento. Echo de menos su lengua en mi boca, el roce de su bigote, su saliva siempre sedienta en los momentos en que nos refugiábamos y volvíamos a ser sólo él y yo, sólo nosotros…
Se fue. Y nada me advirtió que sería la última vez que lo vería. Se fue y yo adelanté faena. Y luego, te despertaste tú obligándome a prestarte toda la atención. El trabajo que me dabas, darte el desayuno, cambiarte, vestirte, peinarte y tú que sólo querías escaparte, corretear, jugar. Y yo que me exasperaba porque imaginaba un reloj marchando a velocidad de vértigo, veía los minutos convertirse en horas en segundos y necesitaba comprar algunas cosas y hacer la comida para ti, para cuando viniera tu padre, para mí…
Y aún no había hecho ni la mitad de la faena.
Siento haberte regañado, cariño. Siento no haber dominado mis nervios. Siento no haber entendido en ese momento lo pequeño que eres y lo que necesitabas la libertad. La que te han quitado de golpe. Y tus sueños. Y el amor y los besos y la voz de tu madre. Lo siento tanto, mi amor. Siento tanto haberte dejado solo.
Conseguí por fin dejarte vestido. Me arreglé, no demasiado, no tenía tanto tiempo para mí en ese momento. Apenas sí conseguía dedicarme algo de tiempo una vez a la semana, cuando con tu padre nos íbamos a pasear o a cenar o al cine. Pero esa mañana, como el resto, habían otras cosas más urgentes. Tenía que atenderte y estar al tanto de lo que hacía falta. No, no podía perder el tiempo en tonterías como maquillarme. Asi que salimos, al sol y al calor de la calle, al escaso aire que corría, a una vida de barrio normal, que pretendía serlo, que vivía como yo y como todos ajenos a lo que apenas había empezado a suceder.
Querías escapar, correr libre y yo sólo pensaba en que no te pasara nada, en que te mantuvieras a mi lado, en que no dejaras de cogerme la mano. Que aprendieras que lo malo estaba lejos de mamá. Que tuvieras claro que lo bueno estaba siempre con ella al lado.
Tus lloros, tus palabras apenas inteligibles aún, tus preguntas, tus soliloquios llenaban el aire, junto con los encuentros y saludos de algunos vecinos. Quizás tenía que haber habido un silencio sepulcral, de esos que encogen el alma y agarrotan el corazón, que hacen temblar el pulso y te hace mirar a todos lados, andar pegados a las paredes prestando atención a los huecos de los portales, mirando recelosa a quién se cruzara en el camino. Quizás… No había nada de eso. La vida seguía su curso. Era normal.
Y no lo sentí. Lo sentí un segundo antes, unos segundos. Me vi de repente catapultada. Ni siquiera lo vi con mis ojos. Lo vi desde el alma que ya había volado al cielo. Me vi con la mano abierta, la mano que apenas unos segundos antes sujetabas con fuerza. Es extraño. Un instante antes, tú me habías mirado con una sonrisa y me habías apretado con fuerza la mano. Y, de repente, yo estaba lejos. Estoy lejos. Y te dejé solo. No corriste. No te apartaste. Ya no querías ser libre. Ya no podías serlo. Tus lloros fueron peor que la metralla que me perforaba dentro. Tus lágrimas, tu vocecita, mi hilo de vida que no conseguía hablarte con la voz dulce, ni cantar esa canción que tanto te gustaba y te hacía dormir. Me escapaba, me iba y te veía ahí tan indefenso, tan frágil, tan roto…
Siento haberte dejado solo. Siento que empieces a vivir este infierno. Siento todo el daño que te va a hacer. Lo irreparable. Siento que hayas perdido tu inocencia. Mi vida, no estás solo, y sé que sabes que te observo y te visito. Y te doy el beso de buenas noches. Pero tras mi estela, tu alma está sola y tu infancia ha desparecido.